Relato: Tormenta divina

tabarca

Un sol cegador brillaba sobre la isla de Tabarca, intenso e inclemente. Sancho de Vema se puso la mano ante los ojos. El verano del año 1772 parecía más una venganza divina, un intento de los cielos de que cayera fuego del cielo.

Sancho volvió a mirar los planos, y dio las últimas instrucciones a los jefes de los grupos de obreros que finalizaban, por fin, la gran muralla de la isla, tras varios años de duro trabajo bajo la lluvia, el viento o el sol. Sobre todo el sol… Acarició el inconfundible sello de Fernando Méndez de Ras. Después, se tocó levemente las sienes, ya casi sin pelo, antes de sacar su pañuelo y enjugarse el sudor de la frente.

—Terminemos esta muralla cuanto antes —añadió por fin, para finalizar la reunión con los capataces, dándoles una palmada en las recias espaldas—, con las tres puertas todo estará acabado de una vez por todas. Ya sabéis lo que tenéis que hacer.

Aquellas tres puertas… En los planos originales se habían planeado construir siete, honrando a cada uno de los arcángeles que velaban por los humanos desde el cielo. Iba a ser una muralla excepcional… Pero la eterna guerra, los desmanes de la nobleza y las manos avariciosas que gestionaban el oro del reino habían hecho que los fondos destinados se fueran reduciendo cada vez más, hasta hacer el proyecto casi inviable. Todo había sido recortado. También la muralla. Las siete gloriosas puertas se habían quedado en tan sólo tres…

Uno de los jefes de grupo, de nombre Blas, preguntó, curioso:

—¿Y las otras puertas?

Sancho de Lema señaló un gran arcón, repleto de planos enrollados, antiguas versiones de los planos de la isla.

—Don Fernando las ha desestimado, ni a ti ni a mi nos interesan los motivos. —Se encogió de hombros y suspiró—. Sea como sea, terminemos todo esto y marchémonos de aquí cuanto antes. No sé por qué, pero no podré estar a gusto hasta que vuelva a pisar una tierra donde no se vea el mar en todas direcciones…

Los capataces asintieron y, llamando a grandes voces a sus chicos, marcharon a los diferentes puntos de la muralla donde aún quedaba trabajo por hacer.

Mientras, Sancho de Lema volvió a enrollar los planos, mirando con curiosidad una línea negra en el horizonte que se acercaba a la isla, desde lo más profundo del mar, arrastrada por un potente viento que había empezado a soplar sobre ellos.

—Vaya, hoy tendremos tormenta…

* * * * *

La brillante esfera azul y verde del mundo giraba lentamente, suspendida en el cielo.

A su alrededor, flotando en el vacío, cómodamente apoltronados sobre nubes vaporosas que no dejaban de cambiar de forma, los siete arcángeles escuchaban atentos la conversación de Sancho con los capataces. Multitud de pequeñas siluetas angelicales flotaban a su alrededor, moviéndose de un lado a otro, entrando y saliendo de las nubes sobre las que los arcángeles se apoltronaban.

—Será una muralla excelente, un gran homenaje a Dios, nuestro señor —comentó Miguel, con una amplia sonrisa en los labios—. Ese Sancho no será un buen cristiano, pero ha llevado la muralla a buen puerto, sin duda.

Rafael asintió brevemente, casi sin ganas.

—Tienes toda la razón, hermano.

—Y las puertas, hermosas y sobrias, todo un ejemplo de la devoción y entrega de la nación. A Dios le complacerá ver cómo se ha consagrado la isla a su Gloria —añadió Gabriel, chasqueando los dedos—. Sublime.

A su lado, Uriel, Raguel, Sariel y Remiel los miraban en silencio, con cara de pocos amigos. Finalmente, Uriel estalló.

—¿Gloria de Dios, dices? ¡Como puede ser esto un homenaje a su gloria, si pecan de soberbia omitiendo los nombres de todos los servidores de nuestro Señor! Es más una burla, una obra del demonio para sembrar discordia…

Miguel le dio unas palmaditas en la espalda, soltando una risita:

—¡Vamos, vamos, Uriel! Tranquilizate, por favor.

—¡No, tiene razón! —le cortó Remiel, abriendo de par en par todas sus alas—, esta muralla fue una ofrenda personal de ese Fernando Méndez de Ras, susurrada en sus oraciones más fervorosas. Todos lo escuchamos. Poner sólo tres puertas en su muralla es una ofensa a Dios… y a nosotros. No podemos permitirlo.

Rafael suspiró cansinamente, y miró para otro lado. Gabriel, por el contrario, se levantó, colocándose entre Miguel y sus hermanos.

—Vamos a tranquilizarnos, no podemos dejar que esto nos…

—¡No! —exclamó Uriel, golpeando una nube con el puño, deshaciéndola—. No podemos dejar que esto se quede así. Tenemos que enseñarles qué es lo que les aguarda cuando actúan con soberbia y prepotencia, sobre todo cuando tienen entre manos una obra en homenaje a nuestro Señor.

Raguel, Sariel y Remiel se levantaron, poniéndole una mano en el hombro a Uriel.

—Tienes razón, hermano. ¡Hagámoslo ahora!

Gabriel, con el semblante más pálido de lo habitual, preguntó:

—¿Qué pretendéis hacer? Tranquilizaos y pensadlo bien, o nuestro Señor se enfadará…

—Vamos a enseñarles a esos humanos a tener respeto y temor a Dios —respondió Sariel, apretando los dientes, con la mirada clavada en la esfera flotante.

* * * * *

El cielo se había ido oscureciendo gradualmente, a medida que las densas nubes procedentes del este se habían acercado a la isla de Tabarca, arrastradas por un viento que no dejaba de hacer más y más intenso con el paso de las horas.

Sancho de Lema miró las nubes, preocupado, sujetándose el sombrero con el que se cubría del abrasador sol que usualmente asolaba cualquier lugar de la superficie de la isla.

Los obreros que se esforzaban por acabar la muralla se le acercaron y, encabezados por uno de los capataces, gritaron para hacerse oír entre las ráfagas de viento que recorrían las calles repletas de edificios a medio construir.

—Se acerca una buena, señor, los chicos están asustados, no les gusta estar cerca del mar cuando una tormenta se acerca. Y menos una como esta. Promete ser grande, ya lo creo, mire qué nubes, qué vientos…

Sancho asintió, y le respondió alzando igualmente la voz.

—Llama a todos, reúnelos en la iglesia. El padre José va a realizar una homilía. Además, la iglesia está ya terminada, es el edificio más sólido de Tabarca. Allí dentro estaremos seguros. Dios, nuestro señor, nos protegerá de la tormenta. ¡Corre!

El capataz transmitió sus órdenes, y todos corrieron a avisar a sus compañeros, repartidos por diferentes puntos de la muralla. La gran campana de la iglesia empezó a repicar, dejando que su musical tañido llegase a todos los rincones de la isla, arrastrados por el viento.

En apenas media hora, la sólida planta de la iglesia estuvo repleta de obreros asustados, sucios y sudorosos, que no dejaban de persignarse y murmurar entre ellos.

—No debéis temer esta tormenta, hermanos —empezó a decir el padre José, un cura alto y delgado, seco y recto como un junco, tras subirse al púlpito con energía—, pues como todo lo que nos rodea es obra de Dios, y Dios está satisfecho con la obra que estamos levantando entre todos en su honor en esta isla.

A su alrededor, la tormenta arreciaba, cada vez con más fuerza. Una lluvia intensa, como una cortina impenetrable, caía con fuerza sobre la cubierta de piedra y madera, provocando un millar de ecos sobre las cabezas de los obreros. Tal era su intensidad que se había empezado a colar por los bajos de las puertas cerradas, encharcando el pasillo de entrada.

El padre José siguió, sonriendo con suficiencia.

—Pronto la obra estará completa, y el homenaje a Dios, nuestro señor, estará completo. Y todo es gracias a vosotros. Leamos ahora las sagradas escrituras, en sus páginas hallaremos el consuelo, la fuerza necesaria para superar esta tormenta, y el resto de tormentas que el diablo interponga en nuestras vidas de buenos cristianos. En el libro de…

De repente, con un chasquido aterrador, un poderoso relámpago iluminó el cielo, brillando intenso al otro lado de las coloridas vidrieras. Le siguió un gorgoteante trueno que se extendió durante varios segundos, haciendo que todas las voces se enmudecieran.

“¡No! ¡Vuestra obra no está completa!”, atronó una voz, que parecía estar compuesta por otras muchas, surgida desde los ecos del poderoso trueno. Todos se postraron en el suelo, salvo SAncho de Lema y el padre José, que miraron al cielo negro al otro lado de las vidrieras, con la boca abierta. “No habéis demostrado ser buenos cristianos, vuestro orgullo y prepotencia es obra del diablo. Vosotros, simples humanos, os habéis dejado arrastrar por sus artimañas. ¡Arrepentíos por vuestra blasfemia!”

Los obreros se empezaron a golpear las sienes, y a orar postrados de rodillas sobre la dura piedra. Otros huyeron aterrorizados, abriendo de golpe la puerta de poniente de la iglesia, dejando que el agua y el viento se colase en el interior. Fuera, la tormenta se había adueñado por completo del cielo, y decenas de relámpagos caían desde las negras nubes, seguidas por retumbantes truenos.

—Es… ¡Es el diablo, no lo escuchéis! —intentó gritar el padre José, pálido, incapaz de lograr que nadie le escuchase.

La poderosa voz, ajena a todo, volvió a atronar desde todos los puntos de la isla al mismo, colándose en el interior de todos ellos.

“¡Nosotros completaremos el homenaje a nuestro señor!”

* * * * *

Los cuatro arcángeles giraban lentamente alrededor de la esfera azul, que nunca dejaba de girar, concentrados en proyectar sus voces sobre la isla. La miriada de pequeños ángeles flotaban a su alrededor, volando de un arcángel a otro.

Gabriel se retorcía las manos, intentando que sus cuatro hermanos se calmasen.

—No sabéis lo que estáis haciendo, El se va a enfadar, y mucho…

—Pues yo me lo estoy pasando en grande -susurró Rafael, mirando la escena con interés desde su lecho de nubes

Ajenos a todo, Uriel, Raguel, Sariel y Remiel seguían girando, cada vez más rápido. Sariel alzó levemente la vista, clavando una mirada determinada en Gabriel.

—Tenemos que restaurar la ofensa que estos humanos han realizado a la obra de Dios, nuestro señor.

Miguel bufó, sardónico.

—Más bien es vuestro orgullo el que está herido, hermano.

Pero los cuatro ignoraron su comentario.

—Ha llegado el momento -susurró Uriel, tras acelerar cada vez más su giro alrededor del globo suspendido, hasta convertirlo en un baile frenético que parecía no tener fin. Apremió a los otros arcángeles-. Hagámoslo.

* * * * *

—Es… ¡Es el apocalipsis! —gritaba el padre José, trastornado, soltando incoherencias. Había salido de la nave de la iglesia tras escuchar aquella voz venida de los cielos, y caminaba por las calles de Tabarca, soltando incoherencias, golpeándose contra todo por los bandazos del viento—. Hemos pecado… hemos…

Nadie le detuvo, porque todos habían huído de la iglesia en busca de algún refugio donde esconderse de aquella tormenta divina.

El día se había terminado de tornar en noche sobre la isla de tabarca, una noche violenta y antinatural. La lluvia se había recrudecido, dañando con su impacto los caminos y algunos muros a medio construir. Las calles se habían convertido en caudalosos ríos, que arrastraban todo lo que se encontraban a su paso hacia el hambriento mar.

Sancho de Lema corría junto a un grupo de obreros, aterrorizado, cuando de repente se hizo el silencio a su alrededor. Todos miraron a su alrededor, anonadados: la lluvia estaba allí, los vientos seguían azotándolos, las nubes giraban sobre sus cabezas, pero se había hecho el silencio, un silencio limpio, absoluto puro… que de repente se rompió.

Cuatro relámpagos cayeron del cielo a la vez, brillantes e intensos, más potentes que el que jamás mortal alguno hubiera contemplado. Los relámpagos impactaron contra la muralla, provocando tal fulgor y estruendo que todos tuvieron que cubrirse los oídos y cerrar los ojos, para no quedarse sordos y ciegos.

Sancho, incapaz de resistirlo, se desmayó.

* * * * *

Los cuatro arcángeles, por fin, dejaron de girar sobre el globo flotante, y se tumbaron sobre las grandes nubes que lo rodeaban, como si nada hubiera pasado. Las pequeñas figuras angelicales corrieron a ocupar su lugar alrededor del globo.

Miguel y Gabriel los miraron con un gesto de reprobación, mientras Rafael reía con ganas, palmeándose el muslo.

—Genial, ¡ha sido simplemente genial!

Uriel sonrió levemente, sin responderle.

—¿Os habéis quedado a gusto ya? —les recriminó Gabriel, levantándose y abriendo sus alas.

Los cuatro asintieron con la cabeza, lentamente.

—Oh, si. Mucho —respondieron a la vez, con una sola voz.

Gabriel hizo un gesto y, antes de añadir nada, bajó los brazos y plegó las alas de nuevo. Aquello no serviría de nada, para qué molestarse. ¡Arcángeles cabezotas! Se volvió a tumbar sobre su nube, clavando la mirada sobre el mundo de los mortales, mientras susurraba:

—Creo que Alguien se va a cabrear mucho con todo esto…

* * * * *

A la mañana siguiente, Tabarca amaneció de nuevo bajo un sol radiante y abrasador. Los obreros que no habían sido arrastrados hacia el mar por las fuertes riadas, o aquellos que se habían logrado esconderse en algún rincón seguro, empezaron a salir a las destrozadas calles, visiblemente fatigados y confundidos.

—¿Qué ha sucedido? —se preguntaban los unos a los otros, sin obtener respuesta alguna.

Sancho de Lema recuperó la consciencia con el cálido abrazo del sol en su rostro. Parpadeó e intentó levantarse, pero un fuerte dolor en el hombro y la pierna derechos le hicieron volver a caer al suelo. Se tocó el rostro, donde había una gran costra de sangre seca, procedente de una herida en la frente.

Gimiendo, buscó un trozo de madera caído que le pudiera servir de muleta. y se encaminó hacia el puerto de la isla, como el resto de los supervivientes de aquella tormenta inverosímil. Los obreros que habían salido más indemnes le ayudaron a caminar, como al resto de los heridos.

Cuando llevaban un rato caminando, uno de ellos gritó, postrándose en el suelo:

—Es… es un milagro, ¡Un milagro!

Sancho se acercó, como pudo, y contempló con la boca abierta la visión que había provocado que aquel obrero y otros muchos se hubieran postrado de rodillas en el suelo, orando y llorando. Una gran puerta se había abierto en la muralla, allí donde ayer tan sólo había piedras. En la parte más alta del arco estaba grabado un nombre en fuego puro: Raguel.

Con el corazón sobrecogido, Sancho de lema pidió ayuda para recorrer la muralla al completo, con el corazón en un puño. Otras tres puertas más se habían abierto durante la terrible tormenta de la noche anterior, todas ellas con un nombre grabado sobre ellas. Sariel… Uriel… Remiel…

Sancho cayó de rodillas ante la última de las puertas abiertas y, alzando la mano al cielo limpio y cristalino, gritó, con los ojos inundados de lágrimas.

—¡Perdonadnos!

Andrés Álvarez Iglesias

(Relato registrado ante el ministerio de Cultura, año 2016)

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