Relato: Quince días para la perfección

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Cuando Rosalía se despertó aquella mañana aún no sabía que le quedaban tan solo quince días para conocer por fin a la perfección. Pero lo que sí sabía era que aquel era el día de su llegada.

Bernabé do santos, se llamaba el escultor. Un grandísimo bastardo que había logrado granjearse la amistad de las altas personalidades de la villa y corte a lo largo de los años. Y además, según le habían llegado a Rosalía de algunos de sus clientes, había logrado perfeccionar una técnica secreta y costosa para crear modelos tallados que por lo que fuese parecían vivientes. Eso era lo que le interesaba de él.
Se acercó a la ventana y apartó las gruesas cortinas. Si. Allí estaba su carruaje, levantando gran escándalo en la quietud de aquella mañana.

Llegó el grande hombre. Rosalía no se equivocaba al suponer que la primera visita de él, después de quitarse el polvo del camino, sería para sus amigos de palacio. Por ese motivo había movido sus hilos. Aquella noche sería invitado a una selecta cena organizada por ella misma. Allí se conocerían por fin cara a cara, y allí mismo le expondría su proyecto. Y si Bernabé do santos era tan retorcido, avaro y desviado como le habían dicho no diría que no a su petición. Por fin tendría su gran obra…

* * *

Catorce días. Rosalía sonrió abiertamente mientras desayunaba con su escriba y una corte de comerciantes y chupatintas ansiosos de hacerla aún más rica a cambio de ganarse sus favores en la corte.

Por supuesto, el maestro arquitecto no dijo que no, muy al contrario, aceptó gustoso el encargo. Dijo encontrarlo atrevido y refinado, digno de sus capacidades. Aceptó gustoso, el hijoputa, pero no antes de que yo accediese a sus exigencias. Y vaya si era desviado, el viejo. Los rumores que corrían sobre él se quedaban cortos. Rosalía despachó rápidamente a los comerciantes, firmando las cartas de pago y recomendación que más la convinieron, y cuando se quedó por fin a solas con su escriba, hombre silencioso, diligente, de total confianza, empezó a redactar las órdenes para obtener las peticiones del maestro lo antes posible.

—A ver si lo he entendido bien —asintió, lentamente, su escriba tras anotarlo todo—. Ese… Escultor precisa de niños y jovencitos para hacer su obra; necesita huérfanos que puedan desaparecer, sin nadie en el mundo…

—Así es —confirmó Rosalía—. En los hospicios podremos encontrar muchos de ellos. Seguro que se alegran de recibir un generoso donativo, no tendrán problema de librarse de esos mocosos. Al contrario. Nos lo agradecerán.

El escriba, pensativo, preguntó por fin.

—Se me escapa para que puede necesitar eso un escultor, señora.

Rosalía sonrió torvamente.

—Mucho me temo que son para saciar sus propios apetitos durante la creación de la obra maestra. Quizás es su forma de llegar al éxtasis creativo. Quien sabe.

—¿ Y no le, importa participar en esto?

Rosalía rio.

—Muy al contrario, querido Sebastián, muy al contrario. Yo misma lo he propiciado. No pienses en ello, redacta las órdenes para que pueda firmarlas.

El escriba tragó saliva, preparó papel y tinta y se puso a la tarea con presteza.

Rosalía removió con lentitud el azúcar de su taza de té. Quedaba tan poco, tan poco…

***

—Estoy avanzando mucho, señora Rosalía. Su encargo me ha inspirado, estoy en plena ebullición. El resultado será sencillamente iluminador. ¡Tendrá en sus manos mi más grande obra, se lo aseguro!

Metió la cuchara en el pequeño plato de confitura de higos, untándose con deleite una generosa porción sobre el pan tierno del desayuno, y a continuación tendió el plato hacía Rosalía con un opulento gesto.

—Pero —continuó, tras un gran mordisco al pan— se acerca el día de mi última petición, señora, espero que esté todo preparado.

Quedaban apenas diez días para la culminación de la obra del maestro, hablando de esto. Metió su cuchara la viuda diciendo al artista que ella le podría suministrar para su trabajo los modelos más suntuosos y elegantes.

—Una vez estén en mi casa solamente tendría que elegir el más apropiado. No dudo que encontrará mi selección… Inspiradora.

El escultor sonrió.

—Oh, no lo dudo, señora, no lo dudo.

A Rosalía le desagradó profundamente el brillo de la mirada de Baltasar Do santos, y por primera vez desde su llegada se preguntó si no se estaría equivocando dando alas a aquel degenerado.

* * *

Cuando se cumplía el octavo día desde el comienzo de la obra del maestro exigió por primera vez su último pago, su última exigencia la única innegociable. ¡ Y que no venía poco apremiante el tal!…¡Vaya un apunte!

Para el día 14 sin falta, necesitaba eso.

—Pero… Son dos días antes de lo previsto, aún estoy en… Trámites para conseguirlo —Intentaba razonar el escriba de Rosalía cuando ella entró al taller improvisado en el sótano de su mansión, alertada por los gritos, no he tenido tiempo para…

—¡Pero yo lo necesito! ¡Lo necesito ya! El día 14 es razonable, aún quedan dos días. ¡Consigamelo!

Rosalía cerró dando un portazo para interrumpir los gritos del maestro. Los dos hombres, sobresaltados, se callaron de golpe.

—Sebastián, no se preocupe. Siga con los encargos que tiene. Puede irse.

El escriba, agradecido, salió de la habitación tras hacer una leve inclinación de cabeza.

—Pero…—protestó el escultor.

—Cállese —le cortó la viuda—. Teníamos un pacto. Yo accedía a sus… peculiares peticiones y usted me daba lo que yo tanto anhelaba. ¿No es así?

—Sí, así es pero…

Rosalía se acercó a un palmo de su cara.

—Pues entonces cállese y trabaje, si no quiere arriesgarse a quedarse sin nada. ¿Entendido?

Do santos tragó saliva.

—En… Entendido.

* * *

Quedaban ya tres días para la fecha señalada. Tan solo tres días. Estaba nerviosa, ansiosa, esperanzada… Y pese a todo, lo único que Rosalía no podía quitarse de la cabeza fue el momento en el que el escultor recibió su último encargo.

El pobre elegido entró a trompicones, confundido por la droga que habían usado para llevarlo allí en medio de la noche. Era un pobre desgraciado vendido por sus padres. El mundo no se perdería nada con su desaparición.

Bernabé lo recibió con los ojos muy abiertos y una desagradable mueca en el rostro. Lo hizo entrar en su taller, y antes de cerrar la puerta guiñó un ojo a Rosalía, diciendo.

—Es… ¡Perfecto! Con él, lograré el toque de genialidad con el que podré terminar la obra. ¡Sera mi mayor creación! ¡Y todo gracias a usted, Rosalía! ¡Gracias!

* * *

Cuando quedaba un único día para la creación de la obra perfecta el maestro pidió a los mozos de la mansión que sacasen muchos paquetes, cuidadosamente envueltos en arpilleras anudadas fuertemente. Rosalía sabía qué contenían. Todos aquellos niños y jovencitos que habían entrado a su estudio y jamás habían vuelto a salir…

Sintió un escalofrío y una punzada de arrepentimiento mientras se preguntaba a sí misma.

—¡¿Qué demonios les habrá hecho ese degenerado?!

* * *

Y por fin el día llegó. Habían pasado quince días desde la llegada del maestro, y por fin, a las ocho en punto de la noche, Rosalía había sido convocada al taller improvisado.

La viuda se puso el mismo traje rojo con el que le conoció aquel día, hacía ya tantos años. Se puso las mismas perlas blancas alrededor del cuello, los mismos pendientes, las mismas pulseras, el mismo perfume tras los lóbulos desnudos de las orejas.

¿Sería cierta su fama? ¿O por el contrario el maestro solamente sería un escultor del tres al cuarto con buenas amistades? Sus obras cobran vida, decían en la corte. Son de carne en vez de piedra, decían. Es casi un mago, un blasfemo, un degenerado que ha pactado con Satanás para devolver la vida a los muertos, para dar forma a los deseos…

Fuese como fuese tenía que intentarlo. Y por fin tras mucho dinero gastado para traerlo a la corte, para encontrarse con él y para pagar su… Precio, por fin su creación estaba ante ella.

Esperó ante la puerta cerrada del taller hasta que las ocho campanadas de un reloj cercano se extinguieron y abrió la puerta de golpe.

—¡Oh!

El tiempo se detuvo de golpe, y el corazón se le aceleró hasta ser casi doloroso. Rosalía tuvo que agarrarse en el hombro de Do santos, que vino a su encuentro cuando la puerta se abrió.

—¿Qué le parece? ¿Ha cumplido sus expectativas?

Rosalía, sin responder, se acercó a la solitaria figura que se erguía en el centro de la sala, en su pedestal de mármol negro.

La silueta de un hombre gallardo, de regio porte y anchos hombros la miraba, con el cuerpo pulido tallado en duro mármol blanco.

Era… Igual, igual que cuando se conocieron. Jaime, su marido, tan injustamente arrebatado de su lado por unas fiebres hacía ya más de 20 años. Igual, igual.

—¿Pero cómo ha sabido…? —balbuceó Rosalía, acercándose a la pétrea silueta.

—¡Oh, eso no importa! —respondió el maestro, sonriente—. Usted me pidió algo, y yo hice realidad su deseo. Ese era el trato. Y yo siempre cumplo.

—Es… es…

Rosalía se subió en el pedestal de mármol negro y no pudo evitar fundirse en un abrazo con la estatua de su marido.

—Eres tan… Real. Mi querido Jaime… ¡Te amo tanto! ¡Te he echado tanto de menos!

El escultor, sin despedirse, recogió su maletín y dejó a la viuda abrazada a su nueva escultura. Se alejó silbando, y pronto tanto sus pasos como su melodía se perdieron en la lejanía, rodeando a la escultura y a la viuda rodeados de silencio.

—Ojalá pudiese sentir también tus brazos, amado mío, ojalá pudiese volver a escuchar tu voz… —Susurró Rosalía, con los ojos cerrados.

Y de repente, sintió la suave presión del brazo de piedra sobre su espalda. Abrió mucho los ojos, encontrándose con la fría mirada sin pupilas de la estatua fija en ella.

—Podrás, mi amada, podrás sentirme y escucharme por toda la eternidad. Ahora estaremos juntos para siempre.

Rosalía se dio cuenta de que estaba atrapada en el abrazo pétreo de la estatua. Quiso gritar, pero de repente se sintió pesada y estática.

—Estaremos juntos para siempre —repitió la estatua.

* * *

Cuando el escriba de la viuda accedió por fin al taller en su busca, después de buscarla por toda la casa, tan solo encontró una estatua de dos amantes fundidos en un abrazo eterno.

—¿Qué habrá pasado?

Y por más que la buscaron jamás dieron con la viuda Rosalía. Pronto su casa fue abandonada y devorada por la podredumbre de los años. Y en medio de los ecos de la soledad se oía una frase, repetida una y otra vez por toda la eternidad.

—«Juntos para siempre…»

Andrés Álvarez Iglesias

(Relato registrado en el ministerio de Cultura, año 2015)

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