Once conchas para Irene

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Sara esgrimió orgullosa un precioso collar de conchas. Diez eran marinas, y la undécima era de un cristal del color del agua del mar.

—¿De donde lo has sacado? –gritaron sorprendidas sus amigas. Ella, sonriente, les señaló con el dedo la playa.

Un mendigo paseaba renqueante por la orilla, sobre la arena mojada lamida sin descanso por las olas. Mientras se alejaba vieron como arrojaba algo al mar, lejos.

—Se lo he comprado a ese mendigo. El ya no lo quería para nada. Además me ha contado una historia. La historia de este collar…

***

«Irene era una chica preciosa, vaya que si lo era. Era como una princesa, siempre vestida de blanco; y Diego era su príncipe.

Cada amanecer se les podía ver juntos, paseando por la playa, con las crestas blancas de las olas acariciándoles las plantas de los pies al morir. Ella con sus rizos oscuros ondeando sueltos con la brisa, y él, agarrado a su mano, mirando siempre al mar. Y siempre antes de abandonar la playa Diego la susurraba al oído:

—Hasta las olas te desean, mi princesa, no hay nada más bonito que tú…

Una noche de viento en la que el mar rugía furioso, Diego marchó solo a la playa. Durante varios minutos se enfrentó a la ira desatada de las olas, contemplando como rompían tierra adentro.

Era tan hermoso el espectáculo que Diego no pudo reprimir el deseo de tocar esas olas furiosas.

Rozando el mar todo parecía diferente. Comenzó así a pasear bajo un cielo raso sin Luna, dejando sus huellas marcadas en la arena hasta que eran borradas por el agua marina que barría a envites la playa.

Semienterrada en esa arena empapada Diego encontró más adelante una pequeña concha rosada, perfecta, inmaculada. La admiró durante unos segundos, y cuando una nueva ola se alejó mar adentro, vio una nueva concha exactamente igual a la que tenía entre las manos.

Tomando ambas alzó la vista, y vio asombrado un camino de esas impolutas conchas rosadas.

Las tomó una a una, sintiendo el frío tacto del mar en sus tobillos desnudos, hasta que tuvo diez conchas entre sus manos.

Con un rugido vio alzarse súbitamente ante él una impresionante ola oscura. Asustado, retrocedió apretando las diez conchas contra su pecho hacia el interior de la playa.
Aquella ola inundó gran parte de la playa, calándole por completo; cuando al fin se retiró un brillo captó su atención.

A la orilla del mar una nueva concha descansaba sobre la fina arena. Diego se acercó lentamente y, tomándola con su mano libre, la admiró levantándola al cielo.

Entre los dedos tenía una hermosa concha de cristal. En su interior refulgía intenso el mismo tono que veía cada mañana en el mar, y su brillo interior era semejante a la ausente luz lunar.

Maravillado, Diego la unió a las otras diez conchas y corrió de nuevo hacia su casa. Antes de abandonar la playa se volvió. El mar yacía plácido, calmado por completo, al igual que el viento. Las olas se balanceaban suavemente, sin rastro de la ira que antes las agitaba con violencia, haciendo que la superficie del mar pareciese un infinito espejo.

Regresó sin mirar atrás junto a Irene, que aún dormía plácidamente. Procuró hacer el menor ruido posible al desvestirse y meterse en la cama. Pero una intensa excitación le dominaba, impidiéndole conciliar el sueño.

Tras varios minutos en vela que se tornaron horas, Diego pensó qué podía hacer con aquellas conchas. Finalmente no pudo esperan e, iluminado, agujereó las once conchas con las que formó un hermoso collar.

Sonrió admirando la hermosa concha de vidrio aguamarina y, volviendo a introducirse en la cama al lado de Irene, durmió por fin con una sonrisa inundándole la cara.

Al amanecer se despertó como siempre con un beso y una caricia de su princesa. Diego la tomó por la mano y la condujo a la playa. Mientras el sol teñía de rojo la superficie del mar, Diego apartó el pelo de la lisa nuca de Irene y, colocándola el collar, la susurró:

—Las olas siguen deseándote, cariño, sabes que no hay nada más bonito que tú, nada, pues ahora tienes la esencia misma del mar…

Irene, sorprendida, miró la brillante concha central y, con una sonrisa enorme brillándole en los labios, le abrazó tan fuerte como pudo. Diego sin romper el abrazo, miró el interior del mar, perdiéndose en su inmensidad.

Aquella noche durmieron abrazados. Irene no quiso quitarse el collar en todo el día, y tampoco quiso hacerlo durante la noche, donde las once conchas fueron su único atuendo. Diego por fin pudo soñar desde el principio hasta el final, pues tenía ante él su sueño.

Al amanecer no le despertó ninguna caricia. Alarmado se incorporó alargando la mano hacia el vano que había dejado el cuerpo ausente de Irene. Se vistió tan rápido como pudo y corrió hacia la playa.

El mar estaba tranquilo, limpio y claro, teñido por el sol del nuevo día. Buscó a Irene con la mirada, pero la playa estaba desierta. Tan sólo pudo ver unas huellas que se alejaban mar adentro, casi borradas por las olas.

—Princesa…

Corrió hacia la orilla siguiendo el tenue sendero de las huellas. A la orilla, entre los restos impresos en la arena de un baile, se hallaba el collar de conchas. Diego se arrodilló y, tomando el collar con ambas manos, miró al mar sollozando:

—No me la quites. A ella no…

Desde aquel amanecer Diego no dejó de pasear arriba y abajo a lo largo de esa playa, siempre esperándola, incansable. Pronto lo dejó todo. Abandonó su vida para encontrar a Irene, pero ella nunca regresó. Abandonó su trabajo, abandonó por completo a sus amigos, abandonó su pequeña barca. Lo abandonó todo. Pronto se abandonó incluso a si mismo. Pero no volvió.

Irene nunca volvió…»

***

Sara contempló sonriente a sus amigas. Habían estado escuchando la historia asombradas, y esto la encantó. Alzando el collar dijo para terminar la narración:

—El mendigo me dijo una cosa más. El mar nunca regala nada, y cuando se lleva su pago se lo lleva para siempre…

Andrés Álvarez Iglesias

(Relato registrado en el ministerio de Cultura, año 2015)

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