Reto 2/52: Malditos chupitos…

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—Jodidos chupitos…

No sé cuántas horas llevaba encerrado en aquel antro, pero ya no aguantaba más. Jonás, tras bombardearme con historias de macarras y vaqueros —unas historias que parecían encantarle, las contaba cono si el mismo las hubiera vivido—, parecía haberse perdido en una de sus incursiones al baño; hacía minutos que no lo veía.

Betsy había desaparecido casi por arte de magia mucho antes. No me dí ni cuenta: simplemente me volví y desapareció. Jonás no le dio importancia, como si fuera lo más normal del mundo.

Betsy y Jonás… Vaya par de locos… Bueno, la pobre Betsy no había abierto casi la boca. Jonás no había parado de hacerlo. A veces para mi desgracia. Recordé aquel momento en que me los encontré en el Lórien. ¿Cómo puedieron engañarme para que me quedara con ellos?

Esta noche tenía que acabar. Ya.

Sin mirar atrás, algo tambaleante por la ingente cantidad de chupitos que me había metido en el cuerpo, recogí mi abrigo del perchero y salí de aquel apestoso garito a toda prisa. Al empujar la puerta la luz blanca del sol reflejada en la nieve me cegó. Abrí los ojos, asombrado. Hacía mucho tiempo que no veía nevar de aquella manera…
Levanté mi muñeca con algo de esfuerzo por el dolor del brazo. Las puntas de los dedos se estaban hinchando.

—Mierda. Como duele…

Las 8:14. Asentí.

—Si, Andrés, Hora de irse a casa.

* * *

No me podía creer qué estaba pasando aquella noche. Miré por quinta vez en el mismo minuto la pantalla del móvil, pero la antenita seguía tachada. Nada de cobertura. Mientras, la nieve seguía acumulándose sin parar, haciendo que todos los borrachos se refugiasen en los bares.

¿Donde estarían mis amigos? ¿Me estarían buscando? ¿Se habrían ido ya a casa? Me inclinaba más por lo segundo…

Habíamos llegado a aquel after algunas horas antes, tras salir corriendo de otro garito. Una larga historia.

La puerta del garito tenía un animal pintado de blanco sobre una chapa. No recuerdo qué era. Jamás había estado por esa parte de la ciudad, y me prometí a mi mismo no volver a hacerlo.

Cuando llegamos, Betsy y Jonás no perdieron el tiempo. Pidieron a voz en grito y en media hora ya tenían la barra llena de chupitos y de los vasos de tubo que Betsy devoraba. Mi mareo estaba empezando a alcanzar cotas preocupantes, y ellos estaban tan frescos como el primer momento en que los vi. ¿Como era posible que bebieran tanto sin caer rodando? No parecían humanos…

Jonás se acercó a mi con dos chupitos de bourbon. Tras reír y darme uno, me agarró fuertemente del brazo que me había retorcido aquel armario ropero en el Lórien. Apreté los dientes. El no pareció darse cuenta.

—Andrés, amigo, creo que esta es la primera noche de otras muchas noches interesantes. Créenos, con nosotros no te aburrirás. Nunca. ¡Ah! Y tampoco pasarás sed.

Rio sonoramente, palmeándose las rodillas. Miré a Betsy, que se limitaba a sonreír sin dejar de mirarme, con su vaso de tubo en la mano.

—Yo, con no meterme en más broncas, me conformo —murmuré—. Una por noche es más que suficiente…

* * *

Jonás, Jonás… Todo un personaje. El más curioso y desquiciado que había conocido jamás. Pero además, Jonás resultó ser un liante de cojones. En todos los sentidos.

Para empezar, no sé como Betsy y él consiguieron que no saliera huyendo tras el primer chupito al que aquella singular pareja me invitó de repente, sin que viniera a cuento. Me quedé con ellos tras perder de vista a mis amigos, bebiendo un sorbo de bourbon tras otro mientras escuchaba historietas rancias de caballos, cowboys y tipos duros fuera de la ley. Me sentía como si estuviera dentro de una partida del Dead Redemption. Era ridículo, y a la vez extrañamente cautivador.

Para continuar, no sé como lograron montar tal pelea en la pista del Lórien —uno de los garitos a los que solía ir con mis amigos y al que de seguro ya no podría volver— como para lograr que tuviéramos que salir corriendo de allí, con una marabunta persiguiéndonos. Bueno, sí lo sé.

—¡Estás loco, Jonás!

Si, el puto aspirante a cowboy estaba como una regadera, y entre chupito y chupito había creído que era una buena idea ponerse a insultar a los enormes latinos que bailaban junto a sus parejas de vestidos mínimos en el centro de la pista. El se había reído mucho, sin parar, incluso cuando las hostias empezaron a llegarnos a Betsy y a mi. De hecho, fue cuando un mulato enorme me agarró del brazo cuando dije basta. Haciéndome bastante daño, conseguí retorcer mi propio brazo hasta que me solté del agarrón, cogí a Betsy y nos marchamos a la carrera de allí. Jonás nos siguió, riendo.

Cuando les dimos esquinazo tras varios minutos de carrera, nos tiramos sobre unos montículos de nieve en la calle. Jonás reía de forma desquiciada, y Betsy sonreía como si aquello fuera lo más normal, aún con su vaso de tubo en la mano. ¿Cómo había hecho para llevárselo sin derramar ni una sola gota?

«Por todos los dioses, ¿con quienes me he juntado?»

Sin dejarme tiempo a pensar, Jonás se puso en pie.

—Vamos, conozco un sitio cerca de aquí.

* * *

El Lórien…

Fui para allá solo, en busca de mis amigos, que se habían marchado del bar donde habíamos empezado la noche sin esperarme. Pero lo que me encontré fue algo totalmente diferente: a Jonás y a Betsy.

—¿Dónde demonios se habrán metido?

El Lórien era un local amplio, en el sótano de un alto edificio de viviendas. Anteriormente era un antro de rock bastante aceptable, con murales de la tierra media por las paredes. Ahora, aunque conservaba el nombre, se había convertido en una horrible discoteca latina. Pero bueno, nosotros seguimos yendo igualmente. Como he dicho, somos animales de costumbres.

Tras dar un par de vueltas por el local buscando sin éxito a mis colegas, sentí unos golpecitos en el hombro.

—¿Buscas a alguien?

Me volví. Un hombre y una mujer me miraban con una sonrisa en los labios. Eran la pareja más fuera de lugar que había visto en mi vida. Ella, toda vestida de rosa, ceñida hasta casi la asfixia, mascaba chicle con los ojos entrecerrados, sin soltar un vaso alto de tubo con un líquido que brillaba bajo la luz de los focos del techo; me pregunté como era capaz de beber y mascar chicle al mismo tiempo. Él vestía unos vaqueros y una camisa demasiado delgado para el frío del exterior. Tenía el pelo cortado casi a cero bajo un sombrero de cowboy. Y reía, reía continuamente, por todo. Hubiese o no algo por lo que reírse.

—Te hemos visto dar ya dos vueltas al local. ¡Tío! —y rió, con ganas, mientras la chica había una pompa de chicle—. Y nos hemos dicho Betsy y yo que quizás podríamos adoptar a este perrito abandonado.

Se volvió y gritó al camarero.

—¡Chico, tres chupitos de bourbon!

El camarero los sirvió con cara de malhumor, mirándome ya de paso a mi también con cara de mala hostia.

—No hace falta, si yo…

—¡Qué si, demonios! Tú te quedas con nosotros, ¿verdad, Betsy?

* * *

El momento crítico de la noche, ahora me doy cuenta, fue cuando mi vejiga dijo basta por primera vez. Aquella primera cerveza… Antes de perderlos, había estado bebiendo las primeras rondas con mis colegas de siempre, Miguel, David y Roberto.

—¡…ocho, nueve…!

Bebí de un trago el enésimo chupito de aquella ronda, notando el calor del alcohol en la garganta.

—¡…y diez! Sin respirar, muy bien. Como traga, el tío. ¡Y no quería salir!

Sonreí, y volví a tirar los dados. La verdad es que no, no quería salir, pero allí estaba. Y he de reconocer que pasándolo de puta madre.

A mis colegas les encantaban los juegos de beber. Roberto se pasaba horas buceando por internet en busca de nuevos juegos. Y si no encontraba ninguno, se los inventaba. El de hoy se jugaba con dos dados de ocho caras, buscando números coincidentes.

¿Cuantos chupitos me había bebido ya? Empezaba a sentir un suave mareo que de seguro crecería hasta ser una horrible resaca por la mañana.

—¿Cambiamos de sitio? —propuso finalmente Miguel—. Aquí ya empieza a ser difícil hasta respirar

Todos asentimos.

—Yo antes tengo que ir a mear —les dije—. No seáis cabrones y esperadme. Ahora bajo.
Cuando bajé me encontré el local aún más atestado de gente, pero sin rastro de mis colegas.

—Pero qué cabrones…

Los busqué durante un rato, antes de resignarme.
Miré el teléfono. Sin cobertura. Mirando a través de los cristales empañados pude ver el motivo a la perfección. Todo estaba blanco, y la nieve caía ahora con más fuerza.

Otra vez a cagarse de frío…

—Si es que sabía yo que hoy no debía salir. Lo sabía…

Me abroché bien el abrigo y salí de la Chupitería. Miré a izquierda y derecha; la calle estaba casi vacía. ¿Por dónde habrían ido esos cabrones impacientes? Por suerte somos animales de costumbres, y siempre vamos a los mismos sitios. El Lórien, si, seguro que estaban allí.

* * *

Yo no tenía muchas ganas de salir al principio de la noche, pero al final me liaron, como siempre. Bueno, para qué mentir. Me dejé liar.

Ah, si hubiera sabido antes lo loca que se iba poner aquella maldita noche. Con lo a gusto que habría estado en casa, viendo nevar al otro lado de mi ventana…

—Venga, Andrés, ¿cómo que te quedas en casa? ¡No digas tonterías! Venga, te esperamos en la Chupitería donde siempre. ¡Vamos!

Me vestí con parsimonia tras colgar el teléfono, mientras me bebía una cerveza. Fuera, empezaban a caer los primeros copos de nieve.

—Encima me voy a cagar de frío…

Suspirando, me abroché bien el abrigo y salí raudo hacia el local donde siempre empezábamos la noche mis amigos y yo. Miguel, David, Roberto y Andrés, los cuatro jinetes del apocalipsis, como nos llamaba siempre David, en un alarde de originalidad.
Cuando llegué, el local tenía los cristales empañados, y el vocerío de los clientes se escuchaba a varios metros de distancia.

—¡Vamos, ese Andrés! —oí gritar a David desde el fondo del bar.

Cuando me reuní con ellos ya me aguardaba una larga fila de chupitos.

—Venga, te hemos guardado tu parte. Empieza a beber, ¡tienes que cogernos el ritmo!

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