Reto 3/52: Picnic con la Muerte

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Bunnywind llevaba ya tanto tiempo corriendo que se había hasta olvidado de hacia donde corría.

Lentamente, con la lengua fuera, se volvió: nada.

—La he vuelto a dar esquinazo—suspiró con alivio, dejándose caer en el suelo—, menos mal…

A su lado se detuvo su equipaje, un gran arcón de madera que, tras darle un lengüetazo cariñoso, escondió sus decenas de patitas y cientos de dientes agudos y afilados dejándose caer a su lado de forma inocente.

Bunnywind se atusó sus largas orejas con pereza, sintiendo la caricia del sol, y por primera vez se permitió mirar a su alrededor con tranquilidad. Estaba en una pradera casi infinita. Aquí y allá se veían los típicos corrillos de comerciantes hurones, los carneros y las vacas granjeros, algunos juguetones pájaros que iban de grupo en grupo dando un poco por culo.

Suspiró, feliz.

—Si, la he dado esquinazo.

Se volvió rápidamente. No, nada: tan solo hierba, sol y tranquilidad. Miró a izquierda y derecha con el rabillo del ojo. No, no, nada. No estaba allí.

—Por fin…

Buscó en el interior del equipaje. Tras apartar cosas de lo más inverosímiles encontró lo que buscaba: algo de comida. Es más, encontró un picnic completo: su mantelito a cuadros rojos, blancos y azules, su cojín para el suelo, su cesta llena de sándwiches recién hechos.

—¿Cómo puede estar esto recién hecho?—se preguntó—. En fin, da igual. ¡A comer!

Bunnywind se relajó, masticando un sándwich de embutidos con crema de arándanos, una mezcla sorprendentemente deliciosa. Cerró los ojos, sintiendo la caricia del viento, el trino de los cabrones de los pájaros, el toc, toc de un dedo huesudo en su espalda, el…
Escupió todo lo que tenía en la boca de golpe.

—HOLA, BUNNYWIND. ¿NO VAS A INVITARME A TU ALMUERZO?

Se volvió y retrocedió todo lo que pudo, hasta toparse con la madera de su equipaje, que inmediatamente sacó sus patitas y se agitó a izquierda y derecha, juguetón.
Frente al conejo se encontraba un alto y cadavérico esqueleto embutido en una túnica negra, larga y evidentemente pasada de moda. Su mano derecha agarraba firmemente una guadaña con sus adorables deditos esqueléticos. La capucha de la túnica tenía dos agujeros por los que salían unas huesudas orejas largas.

«¿Cómo puede tener huesos hasta en las orejas?»

En menos de un segundo las preguntas se difuminaron por el pánico:

—¡Tú!

—SI, YO. Y VENGO CON HAMBRE.

—¿Cómo demonios me has encontrado? ¡Llevo días corriendo sin rumbo!

—UN CÓCTEL TAMPOCO ME VENDRÍA MAL. EN ESTA LLANURA ES COMPLICADÍSIMO ENCONTRAR UN POCO DE ALCOHOL.

—¡Déjame en paz!

El conejo esquelético suspiró audiblemente, antes de sentarse en el mantel a cuadros, justo donde Bunnywind había estado sentado unos segundos antes. Cogió uno de los sándwiches de la cesta y lo arrojó al interior de su capucha.

—NO ESTÁ MAL. LE FALTA AZÚCAR.

Bunnywind escuchó un IIIK a su lado. Giró la cabeza lentamente.

—¡Argh! ¡Mierda!

Al lado del equipaje había una diminuta rata cadavérica con una adorable aunque mortal guadaña y una versión en miniatura de la misma túnica negra.

—CLARO, MUERTE DE LAS RATAS. SIÉNTATE Y COME UN POCO. NO NOS VAMOS A NINGÚN LADO.

Bunnywind no estaba de acuerdo con aquello. De hecho no estaba de acuerdo con nada que saliera de esa boca… Esa calavera… Eso, lo que fuera que hubiera en el hueco negro de la capucha de esas túnicas. Miró a todos los lados con disimulo, pensando cómo librarse de aquello.

—¿OTRA VEZ PENSANDO CÓMO HUIR, BUNNYWIND? AH, NO, NO. YA TE HAS ESCAPADO DOS VECES, NO LO CONSEGUIRÁS UNA TERCERA. MIRA A TU ALREDEDOR, ESTÁS EN MEDIO DE LA NADA, NO TIENES DONDE ESCONDERTE. ANDA, SE BUEN CHICO Y DEJANOS TERMINAR DE ALMORZAR…

Bunnywind gimió. Muerte tenía razón. Esta vez estaba bien jodido.

Llevaba mucho tiempo huyendo de su propia muerte. Hasta ahora lo había logrado, pero parecía que ahora se le había acabado la suerte.

Sintió un húmedo y juguetón lametón en la rodilla. Su equipaje seguía moviéndose de un lado al otro, enseñando sus terribles dientes sin malicia. Bunnywind se quedó muy recto. Si… Puede que…

Se levantó y abrió la tapa de madera lentamente.

—¿QUÉ DEMONIOS HACES, BUNNYWIND?

-Tan solo busco algo más que comer. Ya que aquí acaba lo mío, espero irme con el estómago lleno. Y habéis acabado con todos los sándwiches, por si no os habíais dado cuenta.

—OH, CIERTO—asintió Muerte, sintiéndose algo culpable—. TENÍAMOS HAMBRE Y NO HE REPARADO EN…

-No importa, tengo algo más por aquí, déjame ver…

De un salto, Bunnywind se arrojó en el interior del equipaje, lanzando un aullido.

—¡MIERDA, OTRA VEZ NO!

La tapa del equipaje cayó de golpe, y el mueble empezó a bailar con todas sus patitas al compás, feliz. Luego, lanzó un eructo y volvió a dejarse caer, como si nada.

Muerte se acercó con cuidado. Ya había recibido algún mordisco de ese mobiliario, y no quería volver a tener que zurcir su túnica. Cuando llegó a la tapa la abrió lentamente. En el interior del equipaje había de todo. Literalmente. Removió un poco los trastos, sin ver no rastro de aquel condenado conejo.

—BUNNYWIND…

—IIIK!

—SI, AMIGO, SE HA VUELTO A ESCAPAR. PERO NO LO DUDES, LE ATRAPARÉ. NADIE SE ESCAPA DE LA MUERTE.

—IIIK, IIK, IIIIIK.

—VALE, DE ACUERDO. PERO NADIE SE ESCAPA DE LA MUERTE CUATRO VECES. ¡ES ESTADÍSTICAMENTE IMPOSIBLE!

—IIIIIK.

—SI NO VAS A AYUDAR, MEJOR CÁLLATE.

Ambas dieron un último bocado a sus sándwiches y desaparecieron a la velocidad de un parpadeo.

El equipaje, tras un rato, devoró el mantel, la cesta, un enorme trozo de suelo y a una familia de desafortunados grillos que paseaba por allí en sus trajes de domingo. Luego, se relamió y se puso a corretear por la llanura hasta desaparecer.

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2 respuestas a “Reto 3/52: Picnic con la Muerte

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