Reto 5/52: Tan solo soy un campesino…

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Todo empezó con un fogonazo de luz blanca.

Cirparac, sorprendido, se levantó del suelo, donde recogía tubérculos acuclillado, con la ayuda de una pequeña azada de metal. A su lado, Laídir agarró fuertemente las bridas de la yegua que tiraba del carro donde amontonaban las cestas que habían ido llenando desde primera hora del día. Ahora, el cielo casi siempre impoluto de la Tierra Verde lucía brillante, casi blanco, con el sol intenso en el centro.

—¿Qué demonios…?

—¡Soo, soo, Maira, bonita! ¡Soooo!

Laídir puso su mano en la frente del animal y se concentró, haciendo que se calmase en cuestión de segundos. Mientras, Cirparac aguzó su mirada.

—Viene de los árboles, allá —señaló la linde del bosque, a lo lejos.

Como si se hubiera sentido aludido, el fogonazo volvió a verse, súbito e intenso. Esta vez vino acompañado de un grito lejano, apenas audible.

—¿Ves qué lo produce, Crip?

El negó, sin decir nada. Escupió en el suelo antes de atusarse el pelo largo y liso. Escuchó durante largos segundos, antes de murmurar:

—Nada bueno, Laídir, nada bueno.

—Es el bosque…

El bosque. No, nada bueno podía venir del bosque. Desde que cruzara las nieblas siempre había escuchado lo mismo de todos los lugareños: «evita el bosque, Cirparac, es refugio de cosas que nadie puede ni imaginar siquiera»; «conténtate con cazar en la linde, no te adentres en la espesura, no dejes que el bosque te atraiga»; «cuidate del bosque, Cirparac, ya ha devorado muchas vidas antes, y nunca se sacia, intentará cobrarse la tuya».

Laídir palmeó el costado del animal, pensativa.

—¿Y si vamos a ver qué es?

Cirparac se volvió con sus ojos grises muy abiertos.

—¿Pero qué dices? ¡Ni se te ocurra ir allá, Laídir, nunca! El bosque es peligroso, dentro se esconden…

Laídir sacudió la cabeza.

—Si, si, ya sé lo que sigue. En el bosque hay cosas terribles, en el bosque se esconde todo lo malo. Dicen todo tipo de cosas del bosque, pero nadie ha estado nunca dentro, ¿como saben que esas cosas son ciertas?

—Si, tienes razón, nadie ha estado nunca en su interior… porque los que han entrado no han regresado jamás. He oído historias, Laídir, historias que…

El fogonazo volvió a verse, el grito volvió a escucharse, un poco más nítido ahora. Se parecía más a una carcajada que a un grito, un aullido de alegría.

—Si, me conozco tus historias y la de los lugareños. Todos los campesinos de Aghrát las cuentan en la posada. Pero nadie las ha vivido. Nadie sabe si son ciertas.

—Pero Laídir, por la reina—diosa, no…

—Parecen risas… No puede haber nada malo allí…

—Laídir, sé razonable.

Con un ágil movimiento, la mujer se subió a la yegua. Su pelo suelto trazó un arco en el aire, hasta asentarse alrededor se sus hombros desnudos.

—Creo que ha llegado el momento de que alguien sepa lo que sucede en el interior de ese bosque de primera mano. —Se volvió, con los ojos brillantes—. Crip, espérame para cenar. Te aseguro que no me pasará nada. Y esta vez si escucharás una historia verdadera de lo que hay en el interior del bosque. ¡Yia, Maira! ¡Yiaaa!

Laídir puso a la yegua al galope, perdiéndose en la lejanía entre una nube de polvo. Cirparac miró atónito el rastro de cestas de tubérculos repartidas por el suelo, con la colecta del día echada a perder.

—¿Qué…? ¿Qué has hecho, desgraciada?

Miró a izquierda y derecha, desesperado, sin saber qué hacer. A lo lejos, en dirección contraria al bosque, se alzaban las primera casas de Aghrát, la aldea donde ambos vivían.

Corrió tras ella, agitando los brazos como un loco, intentando que su amiga se girase.

—¡Vuelve! Por lo que más quieras, por Danu, ¡vuelve!
Corrió hasta que sus pulmones empezaron a arderle. El bosque se fue haciendo más y más grande, más presente. Más amenazador. Cirparac fue aminorando su marcha, al contrario que Laídir.

—No puedo pedir ayuda, nadie irá tras ella, no al bosque…

Volvió a clavar la mirada en el punto en el que se había convertido la mujer, ya en la linde del bosque. Otro fogonazo, más intenso que todos los anteriores, le hizo apartar la mirada.

—¡Por Danu!

Cuando por fin volvió a lograr ver como antes, no encontró ni rastro del carro y la yegua. Ni de Laídir. El límite del bosque se veía tan oscuro, tranquilo e inexpugnable como siempre.

— Laídir, amiga, ¿por qué…?

Aquello era definitivo, era un presagio. Era lo que sabía que podía pasar. El bosque, el bosque nunca perdonaba… Cirparac empezó a retroceder poco a poco

—Yo yo un simple campesino —se decía a si mismo—, no tengo el poder de los campeones de la Ciudad de los Anillos… Yo no puedo…

Miró los tubérculos esparcidos por el camino y, conteniendo las lágrimas, empezó a recoger los que aún podían utilizarse con las cestas que no se habían roto del todo. Se sintió despreciable, cobarde, porque sabía en su interior que no se atrevería a ir tras ella. No al bosque. No allí. Siguió recogiendo plantas, sin dejar de llorar, durante largas horas, hasta que la luz del cielo empezó a declinar.

—Mierda, mierda, ¡mierda!

Cargado con todas las cestas que pudo coger entre sus brazos, emprendió el regreso a la aldea. Hoy tendría que dar muchas explicaciones, y una nueva historia sobre el bosque nacería.

—¿Por qué, condenada Laídir? ¿Por qué siempre tan cabezota?

Dio la espalda al bosque y caminó sin volver la vista atrás ni una sola vez. Pero eso no vio el destello de luz. Tampoco escuchó la tenue risa arrastrada por el viento.

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