Reto 7/52: Fuera pesadillas

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Tras muchos días de pesadillas, la niña pudo por fin soñar.

Se vio a sí misma de espaldas, en medio de una pradera de hierba alta y salvaje, acunada por un sol tibio y juguetón; a su alrededor, la brisa mecía sus cabellos, arrastrando el perfume de mil flores. La niña inspiró profundamente, con los ojos entornados, dejando pasar los minutos.

Por fin, decidió ponerse en pie. La llanura parecía infinita. Lo único que se veía en la lejanía era un edificio antiguo, medio devorado por la vegetación. Era una construcción venerable, de piedras grises por las que reptaban las ramas delgadas de varios arbustos trepadoras. La niña sonrió, respirando lentamente, profundamente. El edificio le llamaba; niña asintió, sabiendo que nada podría dañarla en aquel mundo de ensueño. No allí. Era su paraíso.

Caminó despacio, con los ojos cerrados, sintiendo la caricia de la hierba en sus piernas desnudas, inspirando profundamente el perfume que le regalaban las flores. No abrió los ojos hasta rozar con las yemas de los dedos las piedras rugosas. El edificio la dio la bienvenida con un temblor casi inapreciable.

—Yo también me alegro de haber regresado.

La niña apoyó la mejilla sobre los grandes bloques; la piedra estaba caliente, y transmitía calma y serenidad. Los rayos del sol parecieron querer fundirla con la pared, brillando con más fuerza. Volvió a cerrar los ojos, jugando a adivinar el latido antiguo de las piedras. Si, allí estaba, en el fondo. Una canción lenta, acompasada con la misma tierra; una letanía dedicada a dioses olvidados. La niña se sintió profundamente conmovida.

—Oh…

Pero la brisa removió sus cabellos, obligándola a abrir los ojos. Volvió a sentir la cálida caricia del sol y la hierba. Y recordó.

—Es verdad. No debo detenerme aún, no debo unirme con la piedra. Gracias, viento; gracias, sol; gracias, tierra. No volveré a olvidarlo.

La niña se arrodilló y besó suavemente el suelo verde, acariciando cada pétalo de las flores que tenía alrededor. La tierra respondió envolviéndola en un abrazo de brisa aromatizada.

Riendo, la niña agitó la mano, despidiéndose de la llanura infinita. Luego, se adentró en la tiniebla del interior del edificio. Estaba oscuro. A niña no le gustaba la oscuridad, pero allí no tenía ningún miedo. Todo lo contrario; el manto negro refrescó su piel, la despojó de todo su antiguo ser, vistiéndola de noche. Sus sentidos cambiaron. Empezó a ver en medio de las sombras, y descubrió que todo un mundo nuevo la rodeaba en el interior de aquel edificio; aprendió a escuchar el murmullo de la oscuridad, el idioma de las sombras, y descubrió historias que jamás habían sido contadas antes; olfateó con deleite el húmedo aroma de la negrura, la esencia de lo invisible; con el aroma de lo oculto paladeó el sabor de la oscuridad, de gusto suave, metálico, untuoso y saciante; por último, se abrazó a si misma y sintió el roce de la seda de la noche que ahora la cubría. Inspiró y expiró muchas veces, embriagada, sin dejar de caminar.

Y por fin su cuerpo lo supo: había llegado.

—Ya estoy aquí. Ya estoy en casa.

Se tumbó en medio de la oscuridad. Al poco tiempo sintió que su cuerpo caía y se elevaba a la vez. Era una sensación extraña, pero correcta. Era como debía ser. Poco a poco su cuerpo se fue fundiendo con la noche, con la tierra, con el mundo, con su propia alma. Con su sueño.

Pronto ella misma se tornó sueño. Pronto ella misma fue el mundo. Pronto ella lo fue… todo.

En ese momento la niña despertó. Y por fin, por primera vez en su vida, se sintió completa.

Sabía que nunca más volverían las pesadillas.

Sonrió.

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