Reto 8/52: La tumba de barro

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Se había hecho el silencio en Somme.

El joven John Ronald Reuel tragó saliva, desde una de las torretas de comunicaciones orientales, observando la desierta franja de tierra que separaba los ejércitos británicos y franceses de las inexpugnables trincheras alemanas. Miró a izquierda y derecha e hizo unos gestos rápidos, comunicando el estado del campo de batalla al alto mando y a la siguiente torre, a decenas de metros a su derecha.

Hacía tan solo unos minutos que la tierra había temblado, empujada por la violencia de las explosiones. Ahora un velo de tierra en suspensión teñía la franja de tierra parda que rodeaba ambas riberas del Somme. John entrecerró los ojos, colocándose los dedos de la mano izquierda a modo de visera para no perderse ni un detalle.

Aquello no parecía Francia, no. Ni siquiera la tierra. Aquello parecía otro mundo, una tierra remota, irreal… y terrible.

John se permitió fantasear con aquel nuevo mundo que, de repente, en medio de aquella franja de tierra devastada por las explosiones, se empeñaba en salir de su cabeza. No era la primera vez que le pasaba; en los momentos más inoportunos veía aquellas imágenes en su cabeza. Escenas de historias que necesitaban ser contadas, paisajes desconocidos que debían ser descubiertos, personajes que aún no habían nacido, pero que un día serían importantes… John sacudió la cabeza.

—¿Qué sucede, Tolkien? —susurró su compañero, agazapado a su lado.

John negó con la cabeza como única respuesta. Luego tiró de la larga cadena se su reloj, miró la esfera con atención.

Las 7:27. Pronto. Pronto.

Volvió a concentrarse en la tierra picada por varios días de bombardeos. La franja de tierra que los separaba de los alemanes se había convertido en una especie de cordillera repleta de altibajos, con montones de tierra suelta al lado de los cráteres causados por las explosiones. Las lluvias que no dejaban de caer había convertido esos cráteres en pequeños lagos, y la tierra suelta en trampas de barro. John miró las trincheras alemanas a lo lejos: casi inexpugnables, altas y fuertes, complejas: como altas ciudades enemigas que los desafiaban, con varias hogueras encendidas tras aquellos muros de tierra, piedra y cal. Las imágenes volvieron, y…

John volvió a mirar el reloj. El silencio comenzaba a pesar, sentía el nerviosismo de las decenas de miles de soldados que aguardaban el momento del ataque, respirando pesadamente, rezando o llorando.

Y por fin, la larga aguja señaló la hora establecida: 7:28.

—Es la hora…

John se asomó a los cuatro lados de su torreta de comunicaciones, haciendo los gestos convenidos. Las otras torretas asintieron, replicando el gesto a su vez. La señal atravesó el campo de batalla en apenas unos segundos, prendiendo los ánimos.

Sonó una trompeta y se oyeron los gritos de los generales. Y tras ellos, rugieron los ejércitos, poniéndose en marcha a toda velocidad por la devastada ribera del Somme. John y su compañero siguieron con la mirada la carga de sus compañeros, despidiéndose mentalmente de alguno de ellos.

El silencio había caído para siempre en Somme. Ahora todo estaba sucio de gritos, del rugido de las ametralladoras alemanas, que habían comenzado a cantar su melodía incesante; Pero, sobre todo, el silencio se había ensuciado con el dolor, el llanto y la muerte. La muerte, sí…

El joven soldado John Ronald Reuel apretó los dientes y luchó contra las imágenes de su cabeza, donde otra guerra empezaba a lucharse, una guerra en un mundo muy lejano, pero no tan diferente al suyo; una guerra cruenta, tan terrible como la que tenía ante si.

Sin aviso, la lluvia volvió a caer sobre Somme.

Tolkien_1916

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