La sonrisa de un niño

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La mansión se erguía silenciosa en la colina. Sergio, mi amigo, caminaba veloz a mi lado, con una mueca de seguridad iluminándole el rostro. La verja oxidada que daba paso al descuidado jardín se abrió exhalando un gemido prolongado. Sentí como un escalofrío recorría mi espalda cuando repentinamente oí otra vez la voz de mi amigo:

—Ahora no tienes que tener miedo. —Bajó el tono de sus palabras hasta convertirlas casi en un susurro—. Pronto estaremos ante ella…

Desde que desapareció el último de los niños de la familia Ibarra, que ocuparon muchos años atrás la mansión, nadie había vuelto a poner un pié en sus vacíos corredores. Y todas las historias que acerca de esas desapariciones corrían por el pueblo me asaltaron de golpe mientras sentía como me acariciaban los colgantes tallos de las enredaderas que parecían arrojarse de las oscuras paredes. Sergio comenzó a descorrer suavemente la pesada aldaba que mantenía firmemente cerrada la doble puerta de la mansión.

El luminoso día contrastaba con la oscuridad del ancho pasillo que nos aguardaba tras la puerta. Notaba como la oscuridad se adueñaba de nosotros mientras una suave brisa empujaba la puerta con mano invisible, hasta dejarnos flotando en una confusa semipenumbra. A ambos lados del pasillo, los retratos de los tres niños desaparecidos de los Ibarra nos observaban con una sonrisa en sus rostros de óleo. Creí por un momento escuchar sus risas… Al final del corredor un arco daba paso a una impresionante sala circular totalmente vacía dominada por una enorme vidriera.

Las baldosas rojas y azules del suelo formaban una larguísima espiral, que moría en una blanquecina luna llena. Sobre ella, el sol dibujaba la silueta multicolor del niño que dominaba la vidriera; de cara pálida y lujosos ropajes, aquel niño más parecía un espíritu anclado a la tierra que la inspiración de la obra magna del primer Ibarra. Como si al formar su rostro con los colores del vidrio le hubiese robado parte de su espíritu en un intento de dotar a la vidriera de vida… Y lo había conseguido. No pude mantener la mirada fija en la vidriera demasiado tiempo, era como si la mirada del niño de vidrio me taladrase entero.

No había nada más en la sala: ningún mueble, ningún cuadro, ningún ruido… Tan solo un niño de vidrio mirando a la luna. Cuatro puertas cerradas comunicaban la sala con el resto de la mansión. A mi espalda vi como Sergio agarraba el dorado tirador de la puerta para cerrarla también.

—No lo hagas, por favor.

Aunque había sido tan solo un susurro pude oír como las desnudas paredes me devolvían un tímido eco, resonando a mi espalda. Podía ver sin girarme aquellos labios sonrientes, aquellos ojos oscuros mirándome. Sergio me miró de soslayo, con una mueca burlona en su rostro. En sus ojos podía leer un lo sabía, aunque volvió a dejar la puerta totalmente abierta. Luego se encaró a la vidriera y avanzó algunos pasos. Desde la puerta podía sentir como me acariciaba la ligera brisa que atravesaba la casa.

—Mírala…

Movía sus labios sin pronunciar ningún sonido, como si hablase un idioma que no podía comprender, mirando fijamente la vidriera. Parecía como si hablase con aquel niño de colores que dominaba la sala desde su mundo de vidrio. El rayo de sol que atravesaba la vidriera comenzó a desdibujar el contorno de su silueta, convirtiéndole en un irreal esbozo. Cuando estuvo sobre la luna que marcaba la mitad del recorrido que me separaba de la vidriera, se paró y me miró fijamente con una sonrisa en sus labios. Sobre él, el niño de vidrio me miraba con la misma sonrisa.

—¡Es… maravillosa! Acércate. Tenemos que contemplarla de cerca.

Aunque hubiese querido no podía moverme. Volví a mirar la cara atravesada por el sol, y cuando bajé la vista a la luna vi bailar su reflejo multicolor sobre mi amigo, como si intentase suplantarle, volver a nacer… Noté como mi corazón comenzaba a galopar sin control, y aun así la sangre parecía no correr por mis venas. Cuando Sergio se dio la vuelta lentamente y comenzó a caminar de nuevo hacia la vidriera, algo pareció explotar dentro de mí.

Me volví y me puse a correr lo más rápidamente que pude. A mi espalda podía oír cada uno de los pasos que Sergio daba hacía aquel niño de vidrio, resonando como bofetadas en el interior de mi cabeza. ¡Mal, mal, mal…! Intentaba dejar de correr, pero mi cuerpo no me respondía. Aun teniendo los ojos cerrados podía ver la puerta de salida, como si fuese lo único que existiese ahora para mí. Una oleada de calor me azotó el rostro cuando volví a sentir la caricia del sol sobre mí. Llené mis pulmones de aire con una profunda bocanada y seguí corriendo ciegamente.

Cuando pocos segundos después caí al suelo extenuado, ya había dejado lejos el muro bajo que rodeaba la mansión. Me volví y vi como a través de la oxidada verja la doble puerta de la mansión se cerraba suavemente, aislándola otra vez del exterior. Cerré los ojos e intenté serenarme. Pronto saldría con su paso decidido, me miraría desde arriba y diría sonriendo: He ganado. Y bajaría corriendo al pueblo sin esperarme…

Cada segundo que caía sobre mí rompía un poco mas el muro que mi mente interponía entre Sergio y aquel niño de vidrio. Me levanté de golpe y la mansión pareció erguirse conmigo. Miles de pensamientos confusos se agolpaban en mi cabeza, impidiéndome pensar con claridad. Mirando fijamente a la oscura mole, grité con toda la fuerza que me quedaba en los pulmones:

—¡Ya es suficiente! ¡Has ganado!

Pero en ese momento ya no tenía claro si se lo decía a mi amigo o a la mansión…

***

Hacía ya mucho que los rumores se habían acallado, convirtiendo a Sergio en otras de las leyendas que cada vez se oían menos por el pueblo. El nunca volvió de la mansión, lo que provocó que muchos de los habitantes del pueblo considerasen oportuno cambiar el pequeño pueblo por la bulliciosa ciudad vecina.

Lo que no había conseguido el tiempo era borrar de mi mente aquellos ojos de vidrio, y el sentimiento de que Sergio aún me esperaba en el interior de la mansión se acrecentó con los años pasados. Por eso decidí calmar mi espíritu volviendo de nuevo a la colina sobre la que reposaba orgulloso el edificio, impasible al constante paso del tiempo. La subí rápidamente y me detuve ante la deteriorada verja, desde la que pude ver aquella doble puerta. Mi mente jugaba sola con mis recuerdos, desarrollando a toda velocidad una y otra vez los sucesos de aquel día que había intentado olvidar. Resoplando me adentré en el selvático jardín, donde tras el borrado camino de piedras esperaba la puerta de entrada. Descorrí la aldaba y el oscuro pasillo se volvió a desplegar ante mi.
En el interior de la mansión el tiempo parecía no pasar. La misma brisa de aquel día me volvió a dar la bienvenida. Un intenso nerviosismo se adueñaba de mí por momentos, a medida que me acercaba hacia la luz que se proyectaba a través de la puerta cerrada que conducía a la sala de la vidriera. Cuando agarré el tirador sentí un frío intenso que me subió por el brazo hasta azotarme el cuerpo entero. Llené mis pulmones de aire y tiré de ella, bañándome de golpe con toda la luz que inundaba la sala.

Nada había cambiado en la sala, mas ya nada estaba allí como la última vez que la vi; el niño de luz que jugaba sobre la luna que yacía tras la espiral mostraba una cara diferente… Y cuando por fin alcé la vista hacia la enorme vidriera descubrí que no había vuelto en vano.

—¡Sergio!

No pude reprimir el grito. Desde la cumbre de la vidriera sus ojos me volvían a mirar. Una sonrisa se dibujaba en su rostro inmóvil. La misma sonrisa de los niños de los Ibarra que vigilaban el pasillo de la entrada desde sus cuadros, la misma sonrisa de aquel niño de vidrio. Durante algunos minutos no pude pronunciar la más mínima palabra, y cuando por fin mis cuerdas vocales volvieron a responderme una extraña sensación de alegría comenzaba a inundarme. Volví a resoplar entre dientes.

Su figura era aún la del niño que no volvió a abandonar la mansión. Comencé a caminar lentamente hacia la vidriera. Algo dentro de mi me instaba a acercarme. A medida que me iba acercando a la luna sobre la que jugaba la luminosa silueta de Sergio notaba como una extraña sensación de seguridad se iba adueñando de mí. Continué caminando hacia la vidriera, y no pude evitar que una sonrisa se fuera dibujando en mi cara…

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