Reto 12/52 – Incomprendido

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La canción empezó abruptamente, llenando la apacible calle casi vacía de viandantes de unos inconexos rasguidos de guitarra:

La noche era gris,
como el alma de mi guitarra.
La luna se había ido,
como mi felicidad, oh yeah…

Jacinta se sacó el palillo de la boca, sorprendida, tras la barra de su bar. La mañana había estado tranquila hasta aquel momento. Soltó una maldición entre dientes, cerrando el libro que estaba leyendo.
—‎¿Qué demonios son esos aullidos? —preguntó uno de sus borrachos habituales, levantando levemente los ojos de su botellín de cerveza.
—No tengo ni idea, Matías. Deja que mire…

Sentado en la calle miré al cielo,
maldiciendo mi mala suerte.
¡Te había perdido, nena,
y no volvería a verte! ¡Oh, noooo!

Salió de su bar tapándose los oídos. La canción había ido aumentando en intensidad al mismo ritmo que habían empeorado los acordes de la guitarra. La voz rasposa del cantante tampoco ayudaba.
—¡Eh, tú!
Un sucio mendigo se había sentado ante la verja cerrada de la mercería que estaba frente al bar de Jacinta. Tenía la ropa hecha trizas, el pelo suelto enredado en greñas imposibles y una guitarra cubierta de parches a la que le faltaban dos cuerdas entre las manos.

Aún era pronto,
el trabajo estaba sin hacer.
Saqué mi pistola, oh, si,
la noche iba a arder, ¡yeahhh!

Ignorando a Jacinta, el mendigo siguió maltratando la guitarra y los oídos de todo el mundo, a partes iguales. Los pocos viandantes caminaban a paso rápido en dirección contraria, mirando al cantante de reojo.
—¡Tú! ¡Cállate de una vez! ¿No ves que me estás espantando a la clientela? ¡Vete con esa cosa a otra parte!

Busqué a ese tío, si,
mi trabajo pendiente,
estaba en un buen lío
debía pasta a mi cliente.

Jacinta se acercó con los puños apretados.
—Me cago en… ¡O te callas o te callo yo a hostias, tú decides!
Pero el mendigo ni siquiera la miró. Apretó con más fuerza el mástil de la guitarra y continuó cantando, a voz en grito.

Lo encontré en el garito,
y se me cayó el alma al suelo.
¡Estaba a tu lado el maldito,
besándote el cuello! ¡Oh, no, no, noooo!

Jacinta resopló, con la cara roja. Se volvió y entró en su bar, cabreada.
—‎¿Qué está pasando ahí fuera? —preguntó Matías, volviéndose.
—Nada que vaya a durar mucho, te lo garantizo.

Le puse mi pistola en la cabeza al mamón,
te susurré unas palabras al oído.
¡Marchate ahora, nena,
este no es lugar para…

La estrofa acabó abruptamente cuando la guitarra saltó por los aires, hecha pedazos.
—¡Señora! —aulló el mendigo, soplándose las manos— ¿Está loca? ¿Qué se cree que…?
Jacinta blandió de nuevo el bate de madera con el que había destrozado la guitarra. A su alrededor, algunos de los tenderos de las pocas tiendas abiertas que habían salido a curiosear aplaudieron entusiastamente.
—Te había dicho que te callaras o te iba callar yo a hostias. Como ves, no hablo en balde. ¡Ahora márchate!.
El mendigo se levantó sin quitarle la vista de encima.
—Vale, vale, ya me voy… Nadie aprecia mi arte…
Jacinta se quedó blandiendo el bate ante la puerta de su bar. No volvió a entrar hasta que el mendigo desapareció de su vista.
—¡Problema resuelto, Matías! —exclamó alegremente al volver a entrar—. Ya puedes seguir bebiendo en paz.
La calma volvió al bar. Jacinta se colocó en su lugar favorito al otro lado de la barra, y volvió a abrir su libro.
—Jacinta —murmuró Matías al rato.
—¿Qué pasa? ¿Quieres otra?
Negó, alzando levemente su botellín a medias.
—Me he quedado con la intriga. ¿Cómo crees que terminaría la canción?

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