Reto 13/52 – Ceras afiladas

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La agente Robles volvió a leer el pequeño trozo de papel arrugado, protegido en el interior de una bolsa de pruebas. Luego miró al detenido, un profesor delgado, mal afeitado, que rondaría la cincuentena. Estaba sentado en la parte trasera del furgón policial, en espera de que sus compañeros terminasen de realizar su trabajo con la recogida de indicios para trasladarlo a la comisaría. Volvió a leer la nota por tercera vez. Volvió a mirar al profesor. Suspiró.

—¿Y dice que no sabe quién le enviaba estas notas? ¿Ni a qué se referían?

—No, señor. No, no tengo ni idea. Ni de lo uno, ni de lo otro.

—“Sé que fuiste tú, profe. Te vi hacerlo. No creas que no lo contaré.”

El profesor de estremeció levemente al escuchar el contenido de la nota. Era un pequeño papel mal cortado, con grandes letras escritas con ceras de diferentes colores. El policía la colocó ante los ojos del profesor.

—¿Fue él, señor Llompart? ¿Era ese pobre niño el autor?

—¡Le he dicho que no lo sé! —gritó el profesor, fuera de si.
Impertérrito, el policía fue sacando otros trozos de papel similares, todos escritos con las mismas ceras, con las mismas grandes letras. Por el mismo autor.

—“Te vi esta mañana. Tú no te diste cuenta, pero yo estaba allí. Eso que hiciste no está bien, profe.” —empezó a leer una a una—. “Lo contaré todo, a menos que apruebes a toda la clase, Hazlo, o contaré lo que vi”. “Sé lo que vi, seré pequeño, pero sé lo que vi. Eso que hiciste está mal”. “Si no me…”

—¡Basta!

Justo en ese momento, a una veintena de metros del furgón policial donde el agente Robles retenía al profesor, tres policías procedían a cubrir el cadáver de un niño. Tenía el pecho destrozado, atravesador por varias ceras de colores afiladas como estacas. El patio estaba desierto, pero se adivinaban decenas rostros pegados a las ventanas traslúcidas del colegio, curiosos, ávidos de un poco de sangre que les sacase de la rutina.
Tanto el agente Robles como el señor Llompart miraron en silencio el paso de la camilla con el cadáver. Siguieron callados hasta que la puerta trasera de la furgoneta rompió el hechizo con un sonoro golpe al cerrarse.

—¿Qué es lo que vio ese niño, señor Llompart?

—Nada. No lo sé… ¡Nada!

—Asesinado con las mismas ceras con las que escribía aquellos anónimos. ¿Le parece poético, profesor? ¿Como lo definiría?

—¡Cállese! Es una monstruosidad. A un niño… Yo.. ¡Yo no lo hice! Es cierto que recibía aquellas notas, es cierto que busqué a su autor o autora. ¡Pero no le hice nada a nadie! ¡Son niños, por todos los dioses! ¡Solo niños!

El agente Robles cogió otro de los anónimos.

—“Si veo que intenta buscarme lo contaré todo. De momento nadie más lo sabe, pero si hace alguna cosa lo contaré.”

Agitó la nota ante el desquiciado profesor.

—¿Fue eso lo que pasó? ¿El niño iba a contar su secreto porque se dio cuenta de que lo estaba buscando? ¿Por eso lo mató?

—¡Yo no he matado a nadie! ¡Se lo juro!

Otro policía se acercó al agente Robles y le susurró algo al oído antes de marcharse. El agente asintió, guardó todas las pruebas en un lugar seguro y esposó al detenido a uno de los asientos del furgón para llevarlo a dependencias judiciales.

—De acuerdo, señor Llompart. Ahora le espera una bonita temporada en los calabozos. Después seguro que dormirá unas semanas en la prisión antes del juicio. Estoy seguro que podrá meditar lo que ha pasado aquí; quizá incluso recuerde una cosa o dos que ahora ha olvidado sobre todo esto.

—¡No he hecho nada!

El agente Robles lo miró de soslayo.

—No gaste fuerzas ahora. Créame, las necesitará.

Cerró de golpe la puerta lateral del furgón, ahogando los gemidos del profesor. Luego se puso en marcha, alejándose del colegio junto al resto de los efectivos policiales.
Pasada media hora, los profesores dejaron que los niños salieran al patio, incapaces de retenerlos ni un minuto más en el interior del edificio. Todos se arremolinaron al principio alrededor de la zona acordonada donde había aparecido el cadáver del niño.

—¡Mira, aún se ve un poco de sangre!

—¡Qué asco!

—Me hubiera gustado verlo…

—Eres un guarro, Luisito, ¡pobre Ramón! Me caía bien…

—Sí… ¿vamos a jugar a la pelota?

—¡Vamos!

Pronto todos los niños fueron perdiendo el interés. Menos una niña de ocho años, que se quedó un rato más cerca del perímetro acordonado. Tras unos minutos sonrió ampliamente, sacó varias ceras de su estuche y empezó a dibujar la escena del crimen.

Unas ceras muy, muy afiladas.

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