Reto 14/52 – Semillas estelares

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—…si yo soy creyente, pero no he podido evitarlo. ¡Agentes, deben creerme!

—Así que creyente, claro.

Las tres policías iban rodeando lentamente al turista británico que miraba a todas partes con los ojos muy abiertos y la mandíbula desencajada. En una mano llevaba un vaso de tubo con un líquido algo fosforescente. En la otra, un cuchillo ensangrentado.

—Suelte ese cuchillo, por favor —añadió otra de los agentes, haciendo una señal disimulada a su compañera—. Como usted mismo ha dicho, es creyente, y Dios no querría verle haciendo daño a nadie, ¿no es así?

El turista parpadeó sorprendido. Se frotó la nariz con el puño con el que asía el mango del cuchillo.

—¿Dios? ¿Quién ese ése?

—Pues eso, Dios —la policía titubeó—. Dios. ¿No era usted creyente?

El turista se puso a reír de repente, con carcajadas cortas y agudas. Parecía un demente, arqueando la espalda con cada carcajada. Cuando aquel ataque de risa cesó, bebió un largo sorbo de aquel extraño líquido.

—No es ningún dios. No creo en los dioses de estas religiones inventadas de este planeta. Creo en ella —añadió, señalando el cielo—, en la madre Universo, en sus hijos, las Semillas Estelares. Creo también en los dioses cósmicos que vienen desde más allá de la Brecha, arrastrándose para enfrentarse al Universo. Esos gusanos…

Las tres agentes se miraron entre ellas, mientras seguían estrechando el cerco. A su espalda, aún lejos, empezaron a escuchar las sirenas de los refuerzos. Un corrillo de curiosos se había ido formando a su alrededor.

—El universo y los dioses cósmicos, entiendo.. Pues quien sea, seguro que nadie quiere que que te hagas daño con ese cuchillo. O que se lo hagas a alguien. Otra vez.

El turista británico miró al suelo: a sus pies un cadáver miraba al cielo con los ojos abiertos, sobre un enorme charco de sangre.. Los párpados estaban a unos metros de distancia, cortados burdamente. En el pecho había un profundo corte con los bordes ennegrecidos.

—¿Él? —preguntó, señalando con el cuchillo. Luego bebió el último sorbo de su vaso de tubo; lo depositó con cuidado al lado de la pared contra la que las tres policías le iban acorralando—. ¿No lo ven? Estaba infestado, era un emisario de los dioses cósmicos.

—Un emisario…

—Así es. —El turista cerró los ojos durante unos largos segundos. Luego se sentó al lado del cadáver—. A ver, se lo vuelvo a repetir. Tiene razón, la madre Universo no quiere que sus hijos se dañen entre ellos. Es cierto. Y yo soy creyente… pero la madre Universo también nos exige que hagamos lo que hay que hacer cuando llega el momento. Y mire.
Las tres agentes no pudieron evitar mirar levemente al cadáver que ahora señalaba el turista.

—Mírenlo todas. Llevaba la marca. Tenía que hacerlo.

—De acuerdo. Le creo, señor —murmuró con suavidad la agente que se había dirigido a él en todo momento—. Pero tiene que soltar el cuchillo, o las cosas se van a poner muy feas aquí. Bueno, más feas aún.

El turista miró con atención a su alrededor, a la montaña de curiosos. Luego se miró la mano.

—Parece que no hay más infectados…

—Deje el cuchillo.

Suspirando, hizo un movimiento para volver a ponerse en pie.

—De acuerdo, pero… ¡Gnnnnzznnnn! ¡Argggg!

Con un rápido movimiento una de las tres agentes descargó una potente descarga de su táser. Sin perder un instante, las otras dos se apresuraron a arrancar el cuchillo de su mano y a reducirlo. Luego, tras esposarlo, lo arrastraron fuera de la nube de curiosos, que habían empezado a aplaudir emocionados. ¡Menudo espectáculo!

Cuando por fin estuvo encerrado en el furgón, dos de las agentes se reclinaron por fin sobre la puerta metálica. La tercera se había quedado junto al cuerpo, intentando que nadie contaminara la escena del crimen. Por lo menos no más de lo que ya habían hecho.

—Iba a soltar el cuchillo, no hacía falta sacar el táser…

—Ya, fíate —bufó su compañera—. Mejor no arriesgar. Lo hemos detenido, que era la intención.

Ambas inspiraron el suave aire marino. A su alrededor empezaban a aparcar los furgones con los refuerzos.

—Madre Universo, dioses cósmicos, semillas estelares… ¡Ese tío estaba como una chota!

—Ya te digo… Aunque me he quedado con la intriga de saber a qué secta de locos pertenecía. Creo que luego buscaré en Google.

Su compañera rió.

—¡Anda, ten cuidado! ¡No te vayas a poner tú a mirar al cielo y adorar las estrellas ahora!

—¡No seas tonta! Es solo curiosidad…

Ambas miraron al cielo despejado, adivinando las estrellas en la lejanía.

—¿Qué te puede a llevar a pensar que algo así pueda existir? Osea, el universo existe, las estrellas también, y todo eso, pero… ¿Diosas y dioses? ¿Seres de otros mundos? ¿Qué te puede llevar a creer que algo así exista?

Ninguna respondió.

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