Reto 17/52: Visiones

victoria-top

—¡Coño, unas gafas!
Laura se acercó a las gafas de sol que reposaban sobre un banco de piedra totalmente expuesto al sol. Eran unas gafas excelentes, de cristales muy, muy oscuros con una tonalidad levemente azulada.
—Qué guapas, ¿de quien serán?
Miró a izquierda y derecha, colocándose un mechón de pelo tras la oreja. No había prácticamente nadie en el parque a aquella hora del mediodía, mucho menos bajo aquel sol que parecía querer fundir las baldosas del suelo.
—No se ve a nadie… —giró la cabeza un par de veces, antes de cogerlas con una sonrisa—. Pues nada, ¡para mi!
Se guardó las gafas en un bolsillo y siguió caminando en dirección al “Petit place”, la cafetería a la que iba cada día tras el trabajo para tomarse una cerveza y leer durante unas horas antes de regresar a su casa.
En la cafetería no había prácticamente nadie. Saludó con la cabeza a la encantadora dueña del lugar, una francesa de carnes generosas y un corazón más generoso aún, y se sentó en su mesa habitual.
Mientras sacaba su libro actual de su mochila —un ejemplar gastado de “Seda hecha de sueños”—, la propietaria se plantó a su lado con la cerveza recién tirada.
—Hoy has llegado un poco más pronto que otros días, Laura. ¿Qué tal todo?
—Si, Heléne, hoy la oficina ha cerrado antes. Van a aprovechar el fin de semana para desratizar el edificio.
Heléne se llevó las manos a la boca.
—¡Ratas! ¡Qué asco!
—Si, tenías que verlas —Laura evocó la imagen en su cabeza mientras hablaba—. Salían por las noches y a veces nos las encontrábamos por los pasillos al día siguiente.
—Qué horror…
La propietaria de la cafetería se marchó a atender a un cliente que acababa de entrar tras apretar levemente el hombro de Laura, mascullando entre dientes un “Qué asco, qué horror”, como una letanía.
Laura sonrió y abrió el libro por el punto marcado, cuando se acordó de las gafas de sol.
—No me las he probado aún…
Volvió a colocar el punto de lectura en su sitio y sacó las gafas de sol.
—Vamos a ver qué tal me quedan.
Se colocó las gafas de sol y de repente el mundo se desvaneció a su alrededor. La cafetería se convirtió en un vacío negro, surcado por estrías azuladas, largas y delgadas, que se entrelazaban a su alrededor vibrando levemente.
— Uooo…
De repente, a lo lejos, una luz roja se encendió. A lo lejos… o cerca. Laura era imposible de precisar nada en aquel vacío palpitante. El punto se empezó a hacer más grande, más grande, más grande…
Laura se arrancó las gafas de un tirón. Las arrojó sobre la mesa, con la boca abierta. Heléne y los otros clientes la miraron con sorpresa.
—¿Qué demonios ha sido eso, joder? —susurró. La cabeza había empezado a dolerle terriblemente, y aquellas estrías azuladas parecían haberse quedado adheridas a su visión, superponiéndose como un velo sobre todo lo que veía.
Miró las gafas de sol, sin atreverse a tocarlas, mientras el dolor de cabeza y el velo estriado se iba difuminando lentamente.
—¿Estás bien? —preguntó Heléne, acercándose a su lado.
—Si, si, Heléne. Es solo que… bueno, no sé, no sé qué es.
La mujer miró a Laura, extrañada, ladeando levemente la cabeza.
—No sé a qué te refieres, pero si necesitas algo avísame, ¿vale?
—Claro.
Antes de irse le acercó las gafas, que estaban al otro lado de la mesa, a punto de caerse.
—Toma, que no se te caigan.
Y volvió a marcharse en dirección a la barra.
Laura se quedó mirando las gafas ante ella, sin tocarlas. ¿Qué… qué había sido aquello? Se frotó los ojos. Estaba cansada, había sido una semana de trabajo terrible. Y luego estaban las ratas. Esas malditas y asquerosas ratas…
—Creo que tengo que descansar —susurró—, solo eso. Estoy alucinando y eso no puede ser bueno. Esto que he visto… he debido imaginármelo.
Rozó las gafas con el dedo índice de su mano derecha. Estaban tan frías e inertes como pueden estar unas gafas de sol.
—Si, he debido de imaginármelo. Qué tontería…
Sintiéndose un poco estúpida de repente, volvió a colocarse las gafas. Y el mundo volvió a deshacerse. Regresó la negrura, volvieron a envolverle las estrías azuladas, volvió a aparecer aquel punto rojo, como si atendiera a la llamada de su presencia. Se quedó sin palabras, con la boca seca. Se quedó congelada. Y mientras, el punto rojo no paró de crecer. Creció más y más hasta llenar su mirada, fundiéndose con el vacío oscuro, convirtiendo la negrura en una luz cegadora. El rojo se tornó amarillo, luego blanco, y luego…
Con un grito que congeló el alma a todos los que estaban en el “Petit place” en aquel momento, Laura cayó al suelo como una muñeca rota. Las gafas de sol cayeron al suelo, a su lado, dejando ver unos ojos ensangrentados, vacíos, convertidos en un punto negro.
—¡Laura1 ¡Laura! —gritó Heléne, horrorizada, cuando se hubo recuperado del grito.
Corrió a su lado, mientras los clientes llamaban a emergencias. El interior de la pequeña cafetería se convirtió en una locura de gritos, llantos y carreras de lado a lado.
Nadie reparó en aquel par de gafas, que reposaba intacto sobre el suelo.
Esperando.

Relato registrado en el Ministerio de Cultura. Por favor, contacta conmigo si deseas conocer los números de registro. Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos por la ley y bajo los apercibimientos legales previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin autorización previa.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s