Reto 18/52: ¡No leas esto!

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—Ojalá este día no se acabe nunca…
—Pues no sé yo si después de tanto tiempo seguiría siendo divertido.
—NI YO. ¿PUEDO PREPARARME OTRO MOJITO?
Asentí, sin dejar de mirar el sombrero tejano del Maestro, ni su cara siempre sonriente rodeada de aquella característica barba blanca. Era tan feliz…
No sé como había empezado todo, ni siquiera sabía si era real. Bueno, no podía ser real, obviamente. Si lo fuera significaría que había enloquecido del todo, y siempre había creído que aún me quedaban unos cuantos años para hacerlo. No, debía ser un sueño, pero un sueño maravilloso. ¡Estaba pasando un día con el Maestro! Nada menos que con sir Terry. Bueno, y con la muerte, que no se separaba de él.
—PARA QUE NO SE PIERDA —me había explicado, sin dejar de beber cóctel tras cóctel— CUANDO TENGA QUE REGRESAR.
Cuando tenga que regresar… Eso significaba que este día maravilloso tenía fecha de caducidad. Obvio, todo lo bueno se acaba. Sobre todo para los pobres…
—Bueno, Andrés —volvió a hablar Terry, tras un breve silencio—. Hemos hablado durante horas de mis libros, de mi forma de escribir, de lo que me inspira, de mis ratos buenos, de mis ratos malos. ¿No crees que deberíamos hablar un poco de ti?
—¿De mi?
Terry asintió, mostrando levemente los dientes en una encantadora sonrisa. Se ajustó el sombrero para cubrirse de los últimos rayos de un sol moribundo que empezaba a esconderse por el horizonte.
—Sé que también haces tus pinitos con esto de las letras. Venga, enséñame algo.
—SI, ENSEÑANOS ALGO. EL ALCOHOL SIEMPRE ENTRA MEJOR CON UNA BUENA HISTORIA. Y HABLANDO DE ALCOHOL… ¿PUEDO PREPARARME OTRO?
Me ruboricé.
—Pero… Pero… ¡No es lo suficientemente bueno, Maestro!
—Anda, anda, eso tendrán que decirlo los lectores y lectoras, ¿no crees? Dejame que le eche un vistazo y te dé mi opinión. Y deja de llamarme Maestro, chaval.
No sé por qué, pero de repente Terry tenía un montón de libros y hojas sueltas con todo lo que había escrito a lo largo de mi vida. Ví de reojo mis novelas, relatos terminados y sin terminar, pequeñas reflexiones y textos chorras que había escrito en los laterales de mis apuntes del instituto. ¿Cómo había llegado todo aquello allí?
—¡No! ¡No leas esto! No es…
-YO QUE TÚ NO LE MOLESTARÍA MIENTRAS LEE. NO LE GUSTA. NADA DE NADA. MMMM… ¿PUEDO PONERME OTRO DE ESOS? MI COPA SE VACÍA SIN QUE ME DE CUENTA.
Pasamos un rato en silencio mientras Sir Terry leía con su eterna sonrisa en la cara. Yo no paraba de estrujarme las manos, y la muerte no debaja de beber cóctel tras cóctel, sorbiendo ruidosamente las aceitunas de los palillos. A nuestro alrededor todo se fue haciendo negro.
—¿Y bien? —pregunté a la desesperada, mientras la noche desdibujaba todo: suelo, hojas, copas vacías, personas y huesos.
—Bueno, chaval. Tras leer todo esto tan solo puedo decir que…
Y la noche terminó de cernirse sobre nosotros dejando su frase en el aire. Todo se volvió confuso y me desperté, mandando a la mierda aquel paraiso.
Maldije entre dientes sentándome en la cama.
—Era verdad. Todo lo bueno se acaba. Sobre todo para los pobres…

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