Reto 20/52 – La caja de madera, parte 1

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(Parte 1, parte 2, parte 3)

El sonido del timbre retumbó en los oídos de Luz.

—Leñe…

Levantó su cuerpo huesudo del sofá con cara de esfuerzo, bajó el volúmen de la televisión y fe a abrir.

—Mamá, te dejo a Nicolás —espetó su hija Amanda a modo de saludo, una mujer tan delgada como la propia Luz, de cabellos largos y morenos. Llevaba de la mano a un niño de cara pecosa, con ojillos despiertos que no dejaban de brillar —. No puedo quedarme mucho tiempo, tengo que irme a trabajar. Hoy tengo un día de mil demonios, jodido, jodido.

—¡Esa lengua, Amanda! ¡Que está el niño delante!

Luz estaba acostumbrada a ese tipo de recibimientos de su hija. Ni un hola, ni un beso. Tan solo soltaba al crío y se marchaba hasta la noche, cuando volvía a recogerlo.

—¡Jodido, jodido, jodido! —empezó a gritar Nicolás una vez su madre le hubo soltado el brazo. Se marchó a la carrera por el largo y oscuro pasillo, rumbo al salón.

Luz y su madre lo vieron desaparecer en el recodo al final del pasillo, sin decir nada.

—Pues eso. Llámame si necesitas algo. Nicolás tiene mi tablet para entretenerse, no le dejes que la use demasiado tiempo. ¡Y que no me la rompa! —Amanda miró su reloj—. ¡Qué tarde se ha hecho! Volveré por la noche. Adiós, mamá.

Y se marchó, sin esperar a que Luz dijera nada. Ella suspiró, y se puso a cerrar la puerta de la casa cuando escuchó unos pasos apresurados. Era Amanda, que volvía.

—¿Qué sucede, hija?

—Te quería pedir otro favor, mamá —dijo de forma entrecortada, con la cara enrojecida. Era obvio que no hacía demasiado ejercicio, pensó su madre, debería ponerse más en forma—. ¿Me puedes guardar esta caja? Por favor, no la abras, ni dejes que Nicolás la vea o se empeñará en hacerlo. Tan solo guárdala, yo la cogeré por la noche, junto al niño.

La anciana, confundida, tomó la pequeña caja de madera que le tendía su hija.

—¿Qué…?

—Muchas gracias, mamá. —Su hija se dio la vuelta sin dejar decir nada a Luz—. ¡Te veo a la noche!

Cuando los pasos de su hija se habían perdido del todo en el pasillo Luz cerró la puerta de su casa, echando los cuatro cerrojos de rigor. Miró la caja con curiosidad. No tenía ningún rasgo distintivo, ni nada que pudiera dar una pista de lo que había en su interior. La agitó levemente, pero nada se movía en su interior.

Se encaminó al salón, desde donde le venían los gritos de su nieto, ya enfrascado en alguno de sus juegos salvajes.

—¡Yiaaaa! ¡Grouuuuu! ¡Muere, muere! —gritaba, sentado en el suelo, dando puñetazos a criaturas imaginarias a su alrededor. Por los gritos, iba ganando la batalla—. ¡Sí, ya eres mío! ¡Guaaaa!

Colocó con disimulo la caja en uno de los estantes del aparador de puertas de cristal. Luego, subió el volumen de la tele y volvió a sentarse en el sofá con algo de esfuerzo. Cuando lo logró Nicolás se levantó de golpe, triunfal, levantando los brazos.

—¡Sí!

Después, emnpezó una carrera por el salón y los pasillos, como si alguien o algo le persiguiera.

—¡Nicolás, ten cuidado! ¡No corras así, te puedes hacer daño!

Luz suspiró, mirando a su nieto corretear de un lado para el otro. Que el pequeño hiciera lo que quisiera, era imposible dominarlo. Además, bastante hacía ya aguantándolo todo el día. Con que llegase con vida y más o menos entero a la hora en que su hija volviera del trabajo para recogerlo era más que suficiente.

—Que corra y se canse un poco…

Movió levemente su huesudo trasero en el sofá, gimiendo de gusto a medida que sus cansados huesos iban encontrando apoyo. Mientras, en la televisión, Belén Esteban gritaba con la cara encendida:

«¡Yo por mi hija MA-TO!»

(Continuará)

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