Reto 22/52 – La caja de madera, parte 3

caja-top

(Parte 1, parte 2, parte 3)

No se podía creer lo que acababa de escuchar decir al trasto aquel. Se acercó al aparato rectangular y delgado, todo pantalla sin botones. Sin saber muy bien qué hacer, se acercó a ese rectángulo oscuro y habló tan fuerte como pudo, mirando a la máscara dibujada sobre la pantalla.

—Amanda no está, soy su madre. ¿Qué ha dicho de Nicolás? ¿Qué es eso de que está con él? Nicolás está conmigo, con su abuela.

Hubo un silencio breve, seguido de un murmullo apartado. Luego, la voz volvió a salir de ese cacharro.

—Así que su abuela. La buena de Amanda, mintiéndonos con la dirección de su casa… ¿Como te llamas?

—Luz.

—Bien, Luz. Ya te habrás dado cuenta de que tu casa está muy tranquila. Y no, no es un juego nuevo del mocoso, no está escondido. Lo tenemos nosotros. Por fortuna es muy aficionado a asomarse a la calle por la barandilla de la terraza, secuestrarlo ha sido coser y cantar. Además —rio la voz—, he de agradecerle que viva en un primer piso. Ha simplificado mucho las cosas.

Luz se quedó petrificada. ¿Como sabía que… ? Volvió a mirar a izquierda y derecha. Quietud, calma, silencio…

—No entiendo nada…

—Que su hija se haya dejado la tablet en su casa es un inconveniente, sí, he de reconocerlo. Pero estoy seguro de que usted y yo podremos llegar a un acuerdo. Si se da prisa, incluso podrá recuperar a su nieto antes de que Amanda regrese del trabajo. Ni se enterará de que su madre es tan descuidada como para perder a su propio nieto. Y además…

Hizo una pausa dramática. Al parecer, al hombre que estaba tras la máscara blanca pintada en la pantalla del cacharro le iba lo teatral.

—…además, quizás así no le pase nada al pequeño. Quizás lo recupere de una pieza.

La anciana palideció.

—¿Qué me dice, Luz? ¿Me ayudará a que no le suceda nada a su nieto? ¿Me ayudará a que calme a mis socios? Están ansiosos por enseñar modales a su hija. Se ha llevado algo que nos pertenece y queremos recuperarlos. Mis socios quieren empezar a cortar trocitos del cuerpo de su nieto, pero yo creo que no es necesario, ¿no es cierto?

—N… No… —gimió ella, con un hilo de voz.

—¡Eso es, Luz, buena abuela! —exclamó la voz al otro lado del cacharro—. Le diré lo que debe hacer. Ayer Amanda se llevó algo que no es suyo. Seguramente le haya dejado algo por la casa cuando le llevó al crío. Busque, seguro que lo encuentra. Mire la pantalla.

La mirada de Luz se había ido instantáneamente a la caja del aparador. Volvió a mirar la pantalla del aparato. Escuchó unos pitidos, y un mapa se dibujó. Conocía esa parte de la ciudad. Un punto parpadeaba insistentemente.

—¿Ve el punto rojo, Luz? ¿Conoce el lugar que señala?

Ella asintió, sin saber muy bien si podían verla a través de aquel trasto.

—Vaya hacia allí, le esperaré en media hora. Me reconocerá, se lo puedo asegurar. Busque lo que ha dejado su hija y tráigamelo antes de que… ¡Ay! ¡Mierda de crío! ¡Te voy a…! —La voz volvió a recordar que la anciana seguía al otro lado—. Vaya, Luz. Llévese la tablet, si necesita hablar conmigo o yo necesito ponerme en contacto con usted la necesitaremos. Adiós.

Luz cogió la caja del aparador y la miró con suspicacia. Sí, tenía que ser aquello de lo que hablaban. Sin abrirla —por muchas ganas que tuviera— la guardó en su gigantesco bolso. Luego, agarró con fuerza aquel trasto electrónico y pidió un taxi con su teléfono. Tenía que darse prisa, antes de que Nicolás desquiciase tanto a sus secuestradores para que estos hicieran algo terrible. Nicolás tenía ese don: era capaz de volver loco a cualquiera. Y esos hombres parecían estar ya un poco locos.

Llegó al lugar señalado en el mapa en apenas un cuarto de hora. Sin saber muy bien qué hacer, se puso a hablarle al cacharro.

—¿Hola? ¿Hola? —agitó levemente el aparato, suponiendo que así lograría ponerlo en marcha. Sorprendentemente, la pantalla se encendió, volviendo a mostrar aquella máscara blanca con la onda bajo ella —. Hola, señor. Ya estoy aquí, en el punto del mapa.

—¡Muy bien, Luz! Y antes de la hora. Me gusta la gente puntual. —Hizo otra de sus pausas—. ¿Ha traído lo que su hija le ha dejado?

—Sí…

—¡Excelente! Ahora dese la vuelta, sin moverse. Mire hacia arriba, al quinto piso del edificio rojo. —Amanda lo hizo. Allí estaba un hombre alto agarrando a su nieto. Llevaba esa máscara blanca sobre la cara, y usaba un teléfono. A su lado, Nicolás jugaba con una consola, como si no pasara nada—. Hola, Luz. Le voy a decir lo que va a hacer ahora. Cumpla mis instrucciones al pie de la letra, o este pequeño demonio de crío sufrirá una pequeña caída.

Luz se llevó la mano a la boca, horrorizada. Asintió.

—Y ni se le ocurra pedir ayuda, o el desafortunado accidente sucederá. ¿Está claro?

Luz volvió a asentir.

—¡Estupendo, magnífico! Lo primero que debe hacer es buscar el cerdito rosa. Mire a su alrededor.

¿El cerdito rosa? ¿De qué demonios estaba hablando? Miró a su alrededor, hasta distinguir una mancha rosa en una de las paredes. Se acercó. Efectivamente, era un cerdo rosa pintado con pésimo estilo sobre la pared.

—Cuando lo encuentre, Luz, verá un callejón estrecho que empieza al lado de una barbería. Siga la mirada del cerdito, le está indicando el lugar. —Luz lo hizo. Efectivamente, encontró la barbería y un asqueroso callejón lleno de mugre al lado—. Valla al callejón, al final encontrará un barril dado la vuelta. Ponga lo que le ha dejado su hija sobre él y vuelva al punto de reunión.

Sin decir nada, Luz hizo lo que la máscara pixelada le pedía. El callejón tenía una decena de metros, y moría en una pared alta de ladrillo. A ambos lados había varias puertas traseras llenas de pintadas y suciedad, todas cerradas. Dejó la caja sobre el barril y volvió al punto en el que se veía el balcón con su nieto. Lo único que ahora estaba vacío.

—Ya he dejado la caja —pidió a la tablet, pegando los labios casi a la pantalla—. ¡Devuélvame a mi nieto!

Tras un rato de silencio, la pantalla se volvió a encender.

—Estupendo, ¡maravilloso! Muy bien hecho, Luz, ya lo tenemos. Quédese en el lugar, su nieto va de camino. Le recomiendo que no se le ocurra hablar de esto con la policía, o podríamos volver. Por nuestra parte, no existimos, no volveremos a encontrarnos con usted. No ha pasado nada aquí, no hay nadie aquí. Adiós, Luz. Adiós.

La pantalla se volvió negra, tragándose la máscara blanca para siempre. Luz guardó el aparato en su bolso y esperó, mirando a su alrededor.

—¡Fiuuu, fiuuuu! ¡Booom!

Al poco rato escuchó los familiares alaridos de su nieto, que iba corriendo por la calle, con una sonrisa de oreja a oreja. Entre sus brazos tenía la consola de videojuegos con la que jugaba en el balcón, junto a su secuestrador.

—¡Nicolás! ¡Ven! —agarró a su nieto con fuerza y lo abrazó. Luego lo miró por todas partes—. ¿Estás bien? ¿Te han hecho daño?

—¡Ay, abuela, no me agarres así! —protestó el niño—. Si, estoy bien. ¡Mira, me han regalado una consola! ¡Es la nueva!

Luz miró a izquierda y derecha hasta dar con un taxi. Lo paró con presteza.

—Ven, volvamos a casa.

—¿Quienes eran esos hombres tan simpáticos? Me han dicho que conocían a mamá. ¿Tú los conoces, abuela?

Luz apretó los labios.

—No, cariño. Pero empiezo a tener muchas ganas de saber de qué va todo esto. Creo que esta noche voy a tener una larga charla con tu madre…

Y mientras el taxi se marchaba de aquel céntrico lugar, Luz se preguntó en silencio: ¿Que demonios contendría aquella pequeña caja de madera como para hacer que alguien llegue a secuestrar a un niño pequeño? ¿En qué asuntos turbios se había metido su hija? ¿Qué había sucedido para que un tranquilo día se hubiera torcido de aquella manera?

—Belén, mi querida Belén Esteban. Cuánto te echo de menos en momentos como estos. Cuánta paz me das…

(Fin)

Relato registrado en el Ministerio de Cultura. Por favor, contacta conmigo si deseas conocer los números de registro. Quedan prohibidos, dentro de los límites establecidos por la ley y bajo los apercibimientos legales previstos, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, ya sea electrónico o mecánico, el tratamiento informático, alquiler o cualquier otra forma de cesión de la obra sin autorización previa.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s