Cumpleaños

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—Estamos de vuelta después de la publicidad, hemos recargado pilas y vamos…

De repente, con un zumbido, el estudio se quedó a oscuras, tan sólo iluminado por el tenue resplandor de las dos luces de emergencia. Lorena compuso un mohín, compungida.

—¡Iván que se ha ido la luz! —gritó al gran cristal que separaba el estudio de la sala de controles donde su compañero controlaba los niveles de sonido del programa, tan a oscuras como el propio estudio.

Nadie respondió. Lorena resopló y, tras unos segundos, se levantó de la mesa y se acercó a la puerta que separaba las dos salas, preocupada.

—¿Iván? Vale ya hombre, deja de jugar…

Tras un nuevo silencio, Lorena abrió la puerta, que rechinó ligeramente. La preocupación y la oscuridad empezaban a dar paso al miedo en su interior.

—Esto ya no tiene gracia… ¿Iván?

Lorena miró por la pequeña sala de controles. Aunque estaba totalmente a oscuras, pudo apreciar con el débil resplandor de las luces de emergencia que no había ni rastro de su compañero. Frunció el ceño, confundida. ¿Qué demonios había pasado? La puerta de salida estaba firmemente cerrada, como siempre que su programa estaba en el aire.

De repente se escuchó un ruido blanco, procedente del estudio. Lorena se volvió, lentamente.

—¿Qué…? ¿Qué es eso que se escucha?

Retrocedió paso a paso, entrando de nuevo en su pequeño estudio, con los ojos muy abiertos. El sonido de estática se iba haciendo más intenso a medida que se acercaba a una pequeña televisión, colocada sobre una de las estanterías de la pared.

El rostro de Lorena se fue bañando con la luz fría y pálida de la pantalla.

—La vieja tele del estudio… Pero, ¿cómo puede haberse encendido si se ha ido la luz?

El sonido de los pasos de Lorena, acercándose poco a poco a la televisión, se entremezclaba con el áspero ruido blanco. Lorena respiró profundamente varias veces, intentando serenarse. Aquella situación empezaba a alterarla. ¿Sería todo una broma de su compañero? Si lo era… estaba funcionando, se estaba asustando de verdad.

—Ese ruido me pone de los nervios —murmuró—, voy a apagarla.

De repente se oyó un portazo tremendo. Lorena se volvió de golpe, con la cara pálida.

—La… La puerta del estudio se ha cerrado sola…

Se acercó de nuevo a la puerta, con cautela. Sus pasos volvieron a sonar con claridad en medio de la oscuridad del pequeño estudio, tan sólo enturbiados por el sonido constante e informe procedente de la televisión. Lorena tiró varias veces del picaporte, primero suavemente, luego con todas sus fuerzas.

—¿Qué demonios…? ¡No se abre! —exclamó, con la voz entrecortada. Dio varios golpes a la puerta, con la mano y los pies—. ¡Ábrete, condenada puerta! ¡Ábrete! ¡Ábrete!

De repente, llenando el estudio por completo, se escuchó una voz grave, lenta:

“Lorena…”

Ella se quedó lívida, incapaz de moverse durante unos segundos. Luego volvió a darle las espalda a la puerta cerrada, tartamudeando:

—No… No p-p-puede ser…

La voz se volvió a oír. Sonaba rasposa, turbia, entremezclada con el sonido inacabable de la estática, que bailaba en la pantalla del pequeño televisor, iluminando tétricamente la sala.

“Lorena…”

—Esa voz… ¡Es imposible! —aunque no había nadie escuchándola, necesitaba oír el sonido de una voz, aunque fuese la suya misma—. ¿Sale de la te-te-televisión?

La respiración de Lorena se fue acelerando cada vez más, a la vez que su corazón se desbocaba, presa del terror. Sin saber qué hacer, se acercó a la televisión. El volumen de la estática parecía aumentar por momentos.

—Tengo que apagar esa maldita televisión…

Extendió la mano hacia los controles y ruedas de la vieja televisión, pero antes de llegar a tocarla la voz volvió a resonar, penetrando en lo más profundo de su cabeza, dejándola clavada en el sitio.

“Te dije que volvería a buscarte, Lorena”

Se hizo el silencio en el estudio, un silencio únicamente roto por el sonido de la estática, que no dejaba de derramarse en el interior la pequeña sala. El rostro de Lorena se había convertido en una mueca desencajada a medida que iba asimilando aquellas palabras. Su respiración sonaba cada vez más agitada, y era capaz de escuchar a la perfección el sonido de los latidos de su corazón.

Por fin se atrevió a hablar:

—Lucas…

Aterrorizada, Lorena volvió a la puerta del estudio, e intentó abrirla de nuevo, sin éxito, dando fuertes tirones al picaporte plateado.

—¡Ábrete! ¡Ábrete, maldita sea! —gritó, sin poder evitar un sollozo nervioso. Volvió a tirar de la puerta, gimiendo esta vez—. Ábrete, por favor…

“Espero que no hayas olvidado tu promesa, Lorena”

Lorena le corta, gritando:

—¡Estás muerto! ¡Estás muerto, Lucas!

Lorena seguía respirando agitadamente, al borde del llanto. Se agarró la cabeza con las dos manos, intentando concentrarse, mientras caminaba nerviosamente de un lado para el otro.

—¡Ya basta!

Lorena se tapó los oídos con las manos, cerrando los ojos muy fuerte. Se obligó a sí misma a respirar profundamente.

—Esto es tan solo una jugada de mi imaginación, ¡no puede estar pasando! Seguro que Iván ha ido a arreglar el apagón, volverá en un momento. Seguro que nos reímos juntos cuando le cuente lo que ha pasado…

Pero el sonido grave de aquella voz se volvió a colar directamente en su cabeza.

“Iván… Ya no tenemos que preocuparnos de Iván.”

Lorena vuelve a gritar hacia la tele, que seguía emitiendo aquel ruido blanco permanente.

—¡Fue tan sólo un accidente! ¡No quise que pasara, Lucas!

Se volvió a abrir un silencio, que dejó patente la respiración agitada de Lorena.

—Qué le has hecho a Iván, por Dios? ¿Dónde está?

Pero la voz ignoró su pregunta.

“¿Sabes qué día es hoy, Lorena?”

Lorena notaba como su respiración cada vez se agitaba más, a medida que iba asumiendo que lo que pasaba no era un simple mal sueño. Estaba muerta de miedo, y le costaba pensar.

—Ho-Hoy es… hoy es…

De repente se calló, dejando la frase inacabada. Se acababa de dar cuenta de algo. Lucas… Horrorizada, miró de nuevo a la pantalla iluminada, susurrando:

—Hoy es el día de tu cumpleaños…

“Me lo prometiste”, continuó la voz, “aquella noche, en la casa del lago, ¿lo recuerdas?”

Lorena se dejó caer en el suelo, con la espalda apoyada en una de las paredes del estudio, negando con la cabeza sin parar.

—No, no, no…

“Me prometiste que cuando acabara la noche seríamos el uno para el otro, que no nos volveríamos a separar jamás.”

Lorena gimió, sollozando:

—Era tan sólo una broma, no queríamos que…

“Nos alejamos del resto de la gente que bebía y reía en la fiesta.”

—Nunca quise que te pasara nada… —siguió sollozando Lorena, respirando tan fuerte como antes, como si hiperventilara. Estaba al borde de la histeria.

“Me pediste que me subiera en la única barca del embarcadero. Teníamos que sellar nuestro pacto de amor en el centro del lago, en medio de la oscuridad de la noche.”

—No… N-No, por favor…

“Yo no lo dudé. ¡Te amaba, Lorena! Te sigo amando, te amaré por siempre.”

Sollozos entrecortados de Lorena, mientras habla el espectro.

“No me fijé al subir en que la barca no tenía remos. Tampoco me fijé en la sombra de tu amigo Iván, agazapada en la oscuridad, esperando. Y cuando me quise dar cuenta tu amigo había empujado la barca con fuerza, hacia el interior del lago. Iván…”

—¿Dónde está Iván, Lucas? ¿Qué le has hecho?

Se abre un silencio. Más sollozos de Lorena.

“Pasé horas en medio de la oscuridad más absoluta, flotando sobre el agua. Me dolió escuchar tus risas mientras me alejaba del embarcadero, Lorena… pero sé que tú no fuiste la culpable. Sé que tú me querías de verdad.”

—Por dios… No…

Nada sonó en el pequeño estudio durante unos segundos, salvo la respiración agitada de Lorena, sus sollozos incontrolables y el áspero sonido de la estática.

“Pero Iván… Iván se merecía un castigo. Ha recibido lo que se merecía.”

—Por favor, Lucas… —sollozó Lorena, aterrorizada—. Déjame ir… No me hagas nada…

“Ahora Iván ya no puede interponerse entre nosotros, Lorena. Y nuestra promesa se cumplirá”

—¡No! ¡No, no!  —lloró Lorena, mientras sonaban las últimas palabras de la frase de aquella voz siniestra.

De repente, se incrementó el sonido la estática que llenaba el estudio.

—¿Qué… qué es eso? —se preguntó Lorena a sí misma, horrorizada, mirando el aparato encendido—. No puede ser, ¡algo está saliendo del televisor!

Los puntos negros de la estática del televisor parecían agruparse, trazando una sombra oscura que presionaba la pantalla desde el otro lado. La superficie de cristal del viejo aparato se empezó a curvar como si fuera caramelo, trazando un bulto que cada vez se hacía más pronunciado.

Lorena se volvió a levantar, se acercó de nuevo a la puerta cerrada arrancando ecos con sus pisadas y, agarrando el picaporte de la puerta cerrada, tironeó con fuerza, gritando con todas sus fuerzas:

—¡Que alguien me ayude! ¡Por favor, abrid la puerta!

Lorena escuchó un fuerte ruido a su espalda. Se volvió de golpe. Lo que vio hizo que su mandíbula se desencajara, y que sus ojos se abrieran de forma incluso dolorosa. El bulto que se estaba creando en la pantalla se había convertido en medio cuerpo; ahora, ayudada con las manos, aquella silueta se arrastraba al estudio desde el interior de la superficie parpadeante de la televisión. Finalmente, el bulto oscuro terminó caer por completo sobre el suelo, como si aquello fuera una especie de parto siniestro.

—¿Lu-Lucas? No… N-no puede ser…

Aquella silueta se incorporó lentamente. Todo su cuerpo era una sombra negra, de contornos difusos que parecían cambiar a cada momento. En el interior de su rostro vacío tan sólo se podía ver una enorme sonrisa, curvada y ancha. Cuando abrió la boca para hablar Lorena pudo ver  un fulgor blanquecino y parpadeante saliendo de su interior, como si hubiera devorado la estática del interior del televisor.

“Era la primera vez que subía a una de aquellas barcas, ¿lo sabías, Lorena?”

Ella gimió, con grandes lagrimones recorriéndole el rostro. Gateó por el suelo en dirección contraria a la abominación, y se apretó tanto como pudo contra una de las esquinas del estudio.

“No pude evitar caer finalmente al agua, aterido de frío y asustado,” continuó la criatura, acercándose paso a paso a la figura de Lorena, encogida en el rincón, intentando desaparecer, “mientras esperaba a que vinieras a mi encuentro. Porque tuve fe en ti durante todo ese tiempo, Lorena.”

—¡Por favor —sollozó Lorena, desesperada, tirándose del pelo totalmente histérica—, no me hagas nada! ¡Nunca quisimos que sufrieras!

Se oyó una risa gorgoteante, que pareció salir a la vez de todos los rincones del estudio.

“No. No sufrí, mi amada, nada podía hacerme sufrir aquella noche.”

—¡Oh… Dios!, no… No…

“Tu promesa me había hecho fuerte, me había dado esperanzas.”

—Dejame ir, por favor…

“En lo más profundo de mi ser sabía que nunca podría abandonar este mundo hasta ver cumplida la promesa que me hiciste…”

—Lo siento, lo s-siento tanto…

“Ahora ha llegado el momento, ahora tu promesa se cumplirá…”

La criatura estaba ya sobre Lorena, que se retorcía en el rincón del estudio, aterrorizada, sin saber qué hacer. La criatura se agachó sobre ella y, con ambas manos, agarró su cabeza.

“Ahora ha llegado el momento, ahora tu promesa se cumplirá…”

Lorena gritó, gritó cuanto pudo, aunque su grito no hizo más que perderse en los ecos del vacío del estudio. Lo último que se escuchó, cuando el grito se hubo extinguido, fue un tenue susurro:

“Ahora la eternidad es nuestra, amada mía…”

***

De repente, con un brusco chasquido, el suministro eléctrico volvió a prender los fluorescentes del techo del estudio, llenando la oscuridad con una luz blanca difusa. La tele, al volver a encenderse, lo llenó de nuevo todo de estática, a un volumen mucho más reducido esta vez.

Al otro lado de la puerta, el pasillo de la emisora empezó a llenarse de voces lejanas, que fueron acercándose al estudio donde hacía tan sólo algunos minutos Lorena realizaba su programa nocturno.

Unos fuertes golpes resonaron en la puerta cerrada.

—¡Lorena, Iván! ¿Va todo bien ahí dentro? —exclamó una voz, atenuada por la madera.

Se escucharon tres golpes más, seguidos de unos juramentos.

—¡Chicos, decidme algo, maldita sea! Vaya nochecita que estamos teniendo… ¿Estáis ahí dentro? Mierda, ésta puerta está atrancada.

—Pues hay que abrirla como sea, tenemos que verificar que todo el mundo está bien…

—Venga, Carlos, a la de tres. Uno, dos y…

Tras un “tres” gritado a dos voces se escuchó un fuerte crujido. La madera de la puerta de entrada al estudio cedió al fuerte impacto de los dos guardas de seguridad de la emisora.

—Oye, Julián, aquí no hay nadie, —dijo el guarda que respondía al nombre de Carlos, desconcertado, tras pasear la mirada por la pequeña sala técnica y el estudio. Se secó la frente sudorosa con un pañuelo—, ¿pero no tendrían que estar haciendo estos dos el programa, como cada noche?

—Ni idea, macho. Además, ¿qué hace encendida la tele? Voy a apagarla y nos vamos a buscarlos. Ese ruido me pone de los nervios…

Carlos apagó la tele y señaló de nuevo el pasillo, con el mango de su linterna.

—Venga, vámonos ya.

Los pasos de los dos hombres se perdieron en la lejanía mientras conversaban, volviendo a llenar el estudio de silencio. Por eso nadie pudo escuchar la última frase que resonó en aquel pequeño estudio de radio.

“Nunca nos volveremos a separar, Lorena. Nunca. Eres mi regalo de cumpleaños…”

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