Puja

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Esteban llevaba años viviendo con una voz interior. Esa voz era a veces encantadora, a veces desagradable. Le pedía cosas, pero Esteban siempre la ignoraba. No era un necio. Esa voz… Había aprendido a dominarla.

Pero era molesta, no le permitía vivir con normalidad. Aun habiéndola dominado, a veces sus palabras le hacían mella…

Por fin, cuando Esteban cumplió cuarenta años, se decidió a acallarla de una vez por todas. Se metió en mil y un cursos de autoayuda, buscando algo que acallara a la voz. Emprendió viajes en busca de conocidos gurús. Se sometió a curas experimentales… Se ofreció a probar todo menos la ayuda de un psicólogo. No era una enfermedad mental, no era locura. Aquella voz era física, existía. Era real. Puede que estuviera solo en su cabeza, pero no era una invención.

—¿Qué buscas, voz? —le preguntaba a veces—. ¿Qué quieres de mi?

“Te lo he dicho mil veces”, le respondía siempre la voz. “Quiero entretenerme.”

Tras meses de intentos infructuosos de acallar la voz, un día, paseando, se quedó mirando el cartel luminoso de un Casino. Muchas veces había pasado ante aquel lugar, pero nunca se había decidido a entrar.

—Mmm… —meditó durante unos segundos, mordiéndose el labio superior—. ¿Por qué no intentarlo?

Entró lentamente. Aquel lugar era un festival de luces y sugerentes sonidos. Sonrió a una de las trabajadoras del lugar y paseó la vista por los juegos activos.

“¿Qué es…? ¿Qué es todo esto?”

—Esto, amiga —murmuró Esteban entre dientes— es entretenimiento puro.

Se sentó en una de las mesas tras cambiar fichas y empezó a jugar. La voz no había dejado de hablar, como solía hacer. Pero ahora las frases eran más inconexas. Se interrumpía a veces. Esteban la notaba distraída. A veces ausente entre palabras. Difusa.

—¿Quiere pujar, caballero? —preguntó el croupier, señalando la mesa con un leve y estudiado gesto.

“Puja”

La voz se había sumergido en el ambiente. Tanto que empezaba a confundirse con los sonidos del casino. Esteban asintió, sintiendo un calor en el pecho.

“Sí, puja, volvió a repetir la voz en la siguiente jugada.

Con una sonrisa, Esteban pujó. Y entonces la voz se volvió aún más tenue, más cálida y suave. Casi como un ronroneo.

“No sé qué me estás haciendo, pero me gusta. Me hace ser transparente, es una sensación extraña…”

Esteban sonrió aún más. Si, podía funcionar.

“Puja de nuevo.”

Notaba su insistencia, sentía su entusiasmo. Y lo más importante, apenas era capaz de oírla, difuminada entre los sonidos del casino.

—Si, lo haré.

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