Volver a volar

Laura miró a lo alto de la escalera. Era una larga escalera semicircular, dividida en tres ramos de altos peldaños de mármol veteado. Al final de la escalera se abría un mirador tras el que se un largo pasillo se perdía en el interior del amplio edificio. Y al final de aquel pasillo…

Suspiró, luego sonrió ampliamente.

—Ahora sí…

Acercó su silla de ruedas al mecanismo de la reluciente silla salvaescalera que acababan de instalar en en lateral de la curvada escalera. Accionando el botón, el mecanismo se puso en movimiento con un suave zumbido.

Mientras los primeros peldaños iban quedando atrás no pudo evitar pensar en el pasado: cuando contaba con tan solo cinco años volaba sobre aquella escalera, saltando los peldaños de cuatro en cuatro. Cuando lo hacía pensaba que volaba sobre los peldaños veteados. Luego, a medida que fue creciendo, su sueño de volar siguió creciendo. Empezó a estudiar para convertirse en una ingeniera aeronáutica, compaginando sus estudios con clases de vuelo, todo en pos de cumplir el sueño que anidaba en su interior desde que era una niña.

Laura quería volar, como cuando era una niña y saltaba aquellos peldaños.

No tardó en conseguir convertirse en una sobresaliente piloto. Cuando volaba entre las nubes se sentía auténticamente libre, volvía a ser la Laura soñadora de cinco años saltando sobre la escalera. Se sentía plena. Y sonreía.

Sonreía justo de la misma manera en la que la Laura del presente, mientras subía las escaleras sobre la silla salvaescalera.

Fueron aquellos años felices. Muy felices. Y luego llegó el accidente… La mañana se había levantado nublada; Laura aún la recordaba de aquella forma en su memoria. El viento aullaba fuera del hangar, pero su deseo de volar era mayor que la prudencia. Así que decidió salir con su avioneta. Era joven, se creía invulnerable…

El mundo le demostró que no era así.

El vuelo fue breve, pronto Laura se dio cuenta de que era imposible volar de aquella manera. Y, por primera vez, se asustó. Intentó aterrizar tirando de su pericia, pero fue imposible luchar contra el traicionero viento. El choque fue brutal, y el cuerpo de Laura no logró salir indemne.

Habían sido muchos años alejada de aquella casona. Muchos años habían pasado también de aquel accidente que le privó de su sueño de volar; aquel accidente que le mostró un mundo lleno de barreras, alguna de ellas insalvables. Y una de ellas estaba en aquella casa. En su propio hogar.

Pero aquello había cambiado. Gracias a aquella silla salvaescalera podía volver a trepar por aquellas escaleras de su infancia. Laura podía volver a sentirse como una niña. Laura sentía que volvía a volar.

—Hacía tanto que no volvía aquí…

La silla salvaescalera se detuvo con el mismo zumbido leve al final de la escalera. Laura se liberó de los anclajes y encaró el largo pasillo. Al final, vio una puerta cerrada pintada de azul celeste. Aquella puerta celeste.

—Allá voy.

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