Reto 23/52 – Lucecita

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“Ve, lucecita mía.”

Con un susurro, el destello se despegó del sus hermanas y empezó a revolotear alrededor de la enorme esfera luminosa. Giró sobre sí misma varias veces, luego trazó espirales y se desplazó a toda velocidad en direcciones aleatorias. Los otros destellos, sin dejar de agarrarse unos a otros con fuerza, se iluminaron a diferentes frecuencias a modo de despedida.

“Te están esperando. Adéntrate en la oscuridad. Ve.”

Sin esperar ni un segundo más, el destello se lanzó hacia la oscuridad impenetrable que rodeaba a la esfera luminosa. Al principio la oscuridad era intangible, pero pronto empezó a sentirla, densa, húmeda, viscosa.

“Suerte, hija mía. Ve y existe. Y nunca dejes de brillar.”

La oscuridad se empezó a teñir de rojo oscuro. A la vez, el destello empezó a escuchar unos gritos lejanos. Eran gritos diversos, unos de ánimo, otros de sorpresa, otros de estupefacción. Pero, por encima de todos, estaban los gritos de dolor. Un dolos profundo, desgarrador.

El destello empezó a sentirse enredado en aquella oscuridad, cada vez más densa, cada vez más viscosa y húmeda. Más roja. No sabía lo que era, pero aquella oscuridad estaba viva. Latía.

Y, lo que más le sorprendió al destello, aquella oscuridad sonriente le estaba cambiando. Lo sentía en su interior.

El punto blanco de la esfera de luz ya casi se habían perdido, también la voz, que no había dejado de repetir lo mismo una y otra vez:

“Ve.”

Su cuerpo luminoso se estiró, se hinchó por momentos, se alargó junto a los gritos y las otras voces.

—¡Empuja ahora!

La oscuridad se convirtió en un túnel, apretado, viscoso y sanguinolento. Le dolía, pero sabía que tenía que seguir avanzando.

“Debes existir.”

—¡Una vez más!

El túnel seguía estrechándose, apretando más y más su cuerpo en plena transformación.

—¡Ya casi está! ¡Empuja!

“Nunca nos olvides, hija mía…”

De repente se marchó la oscuridad, la luz regresó. Pero era una luz diferente e. Un mundo diferente.

Y, por primera vez, el destello movió sus nuevas manitas y lloró con toda la fuerza de sus pulmones. Existió, cómo le habían pedido.

—Enhorabuena, ¡habéis tenido una niña preciosa! ¿Cómo se va a llamar?

—Luz…

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