Reto 24/52 – Puertas en la oscuridad

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Puertas cerradas. Eso era todo lo que Celia era capaz de encontrar a su alrededor. Puertas cerradas, una tras otra, en una sucesión imposible. Era como si aquella gran sala estuviera rodeada de puertas, algunas de ellas separadas por apenas unos centímetros.

Todas eran diferentes. Algunas eran rugosas y altas, de marcos gruesos y madera basta; otras eran bajas, como hechas para un chiquillo; algunas estaban pulidas como si fueran de mármol en vez de madera.

Celia sollozó, con las palabra de su captora aún resonando en su cabeza.

—Tan solo tienes una hora para hallar la salida,Celia, amiga mía. Tan solo una hora, luego yo misma me encargaré de que mueras. Lo haré con mis propias manos, te lo aseguro. La salida está ante ti en alguna parte. Búsquedas bien, búscala…

Celia siguió recorriendo con las puntas de sus dedos las cuatro paredes repletas de puertas, tironeando de cada picaporte, metiendo los dedos en cuánta cerradura logró encontrar. No podía hacer otra cosa. No en medio de la oscuridad, de su oscuridad. Celia era ciega.

—Tan solo tienes una hora, úsala bien.

No sabía cuánto tiempo había pasado, pero algo le decía que demasiado. Eso la hizo hiperventilar, muerta de miedo. Tropezó y cayó al suelo, dónde se apretó el pecho con los brazos. El corazón latía a toda velocidad, como una pantera de caza que no sabía que estaba a punto de ser cazada a su vez.

Tenía que hacer algo, pero… ¿Qué?

De repente se había dado cuenta de que tan solo se había pegado a las paredes, recorriendolas una y otra vez, sin pausa. Pero…

—¿Qué habrá en el centro?

Paso a paso se alejó de las puertas, intentando ubicar el centro de la sala. No tardó en sentir que golpeaba algo con la punta de su zapato izquierdo.

—¿Qué…?

Se agachó con cuidado y rozó con las yemas de los dedos el suelo. Había algo frío, metálico, sujeto a una cadena. Distinguió lo que era al instante.

—¡Es una llave!

Corrió de nuevo hacia las puertas, y empezó a introducir la llave en todas las cerraduras que fue capaz de encontrar. Ninguna se abría, pero sabía que estaba cerca, muy cerca.

De repente escuchó un click a su espalda.

—Estabas cerca, Celia, tan cerca… Pero la hora ya ha pasado, y debo cumplir mi promesa.

—No, por favor…

La voz suspiró.

—No sabes lo que voy a echarte de menos, amiga mía, no te haces una idea.

—Pues no mates, por favor. Yo…

La voz chasqueó la lengua.

—Adiós.

El sonido agrio del disparo llenó de repente la sala, poblándola de ecos que tardaron varios segundos en disiparse. El cuerpo de Celia cayó inerte, dejando escapar la llave, que rodó hasta chocar con la puntera de una bota.

La voz volvió a suspirar cuando por fin regresó la calma.

—Sí, una lástima.

Y, recogiendo la llave del suelo, se dirigió a una de las puertas que se abrió casi sin esfuerzo.

—Adiós, Celia —musitó—. Adiós.

La puerta se volvió a cerrar a su espalda, volviendo a sumir la sala en un silencio que, ahora sí, ya nadie perturbaría.

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