Reto 27/52 – Doctor Chéjov

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—Pero a ver, doctor Chéjov, ¿me ha visto bien? Mire, míreme bien la lengua. ¡Está roja, toda roja!

El doctor recién licenciado suspiró, al otro lado de la mesa.

—Si, señor Sobolev. Está roja. Como la de todos.

—¡No, no está como la de todos. Usted acaba de llegar a Voskresénsk, no nos conoce. Las cosas no son aquí como en el resto de Rusia. Y, sobre todo, no conoce aún a mi familia. Nuestro linaje está maldito, por nosequé indecencia que hizo un tatarabuelo mío con un oso que encerraba al espíritu de… Bueno, eso no viene al caso. La cosa es que no somos normales. Tenemos algo dentro, algo malo.

Chéjov miró al hombretón con la boca abierta. Aquello no lo había visto venir.

—Una maldición.

—Así es —asintió el hombre con brío—. Y se refleja en muchas cosas, sobre todo en el color de la lengua. ¡Mire, mírela bien!

El doctor Chéjov, recién licenciado, miró el bonsai que adornaba la mesa, dentro de una pesada maceta de cerámica. Y se planteó lo que le había hecho convertirse en médico; lo que le había hecho mudarse a Voskresénsk para tratar a esos palurdos supersticiosos.

—¿Le puedo hacer una pregunta, señor Sobolev?

El aludido asintió, sin introducir su lengua en la boca. Seguía sosteniéndola con dos dedos, sacándola todo lo que le permitía su anatomía para que el doctor la admirase.

—¿Por qué dejó su puesto el doctor anterior?

—¿Zhukovski? —Se encogió de hombros—. No lo sé. Y mire que le visitaba muy, muy a menudo. Yo y el resto de mi familia. Nunca me imaginé que estuviera tan mal. Depresión, creo que dijo. Hastío, hartazgo. Algo así.

Chéjov se frotó la frente.

—Creo que empiezo a hacerme una idea —murmuró.

—-Hablando de mi familia, están mis hermanos y uno de mis hijos esperando en la salita también. Estarán encantados de comentarle otras facetas de la maldición familiar.

Chéjov volvió a mirar la maceta del bonsai. Pesada, muy pesada. Frente a él, el señor Sobolev seguía con su perorata.

“Ah, doctor Zhukovski, creo que ya sé por qué se marchó de Voskresénsk de esa forma. Viejo cabrón, podría haber avisado… Pero a mi no me pasará lo mismo. No señor.”

Con un rápido movimiento cogió el bonsai y lo estampó contra la cabeza del señor Sobolev, que cayó redondo en el suelo. Sonriendo, disfrutó de la calma unos segundos, antes de arrastrar el cuerpo hasta una de las camillas de la trastienda de la consulta. Luego, se recompuso el traje y abrió la puerta de la consulta.

—Que pase el siguiente familiar del señor Sobolev. Hoy voy a hacerles a todos ustedes una consulta especial…

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