Reto 29/52 – Karma (parte 2)

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Ramón hizo un a pausa. Luego apartó la mano y se levantó.

—Pero tengo que hacerlo. Y lo sabes. Tú te lo has buscado. Y él se lo ha buscado. En el fondo todo es su culpa, ambos lo sabemos. Con él todo salió mal desde el principio. —Negó con la cabeza haciendo un ruidito—. Todo salió mal. Todo.

Marisa abrió la boca para hablar, pero volvió a cerrarla sin decir nada. Pero se lo pensó mejor y añadió, con un hilillo de voz:

—A mí puedes hacerme lo que quieras, ya no me importa. Pero a nuestro hijo… No le pegues más, por favor. No es su culpa…

Ramón miró a su mujer, incrédulo.

—¿Que no es su culpa? ¿Vestirse como una niña, decir que es una niña no es su culpa? Pues claro que debo pegarle, es mi deber. ¿Ves como todo salió mal con ese niño? Te lo dije… Pero sé que aún estamos a tiempo. Debo corregir esa desviación. Y lo haré.

Marisa se puso a llorar vivamente.

—No le pegues más, Ramón, pégame a mi, pero no a mi niño…

Ramón le dió un sonoro bofetón en la mejilla sana.

—¡Calla! ¡No me digas lo que tengo que hacer!

Marisa se quedó muda, con la cara vuelta.

—Te lo he dicho mil veces. Hago lo que tengo que hacer. Es mi deber. El niño lo necesita si quiere convertirse en alguien en esta vida. Alguien como yo. Es…

De repente, Ramón soltó un chillido de dolor. Marisa se volvió, sorprendida.

—¡No pegues más mamá!

El hijo de ambos se había acercado sigilosamente, y había clavado unas tijeras en la pierna de su padre. Tenía los ojos húmedos, enrojecidos, y una profunda mirada de odio en su carita infantil.

Ramón desclavó las tijeras con una mueca de odio y se encaró con el niño.

—¿Qué has hecho, mocoso?

Todo sucedió muy rápido. Marisa se abalanzó sobre su marido, pero no fue lo suficientemente rápida. Cegado por la ira, Ramón apuñaló en el pecho al niño con las tijeras. El chico se desplomó inerte en el suelo con una amplia herida de la que manaba abundante sangre. Su madre se quedó sin habla, sin reacción. Sin asumir que lo que acababa de pasar pudiera haber pasado de verdad.

—A la mierda ya con todo, coño —murmuró Ramón entonces, con las tijeras en la mano.

Se volvió, y con la misma sangre fría clavó las tijeras en el cuello de su mujer, que se desplomó al lado del cuerpo de su hijo. Luego, con parsimonia, se puso las tijeras sobre el pecho y empujó con todas sus fuerzas.

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