Reto 31/52 – Karma (parte 4)

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Cuando los colores empezaron a desvanecerse a su alrededor una escena extraña se empezó a materializar. Ramón sentía un dolor indescriptible en su cabeza, un mareo intenso que le impedía enfocar la mirada. Poco a poco el entorno se fue definiendo un poco más, a medida que el antiguo Ramón iba asumiendo la verdad de su actual existencia.

“Soy una cucaracha, ¡una cucaracha! ¡Cojones! ¿Pero ésto que es?”

Ramón probó a mover sus patas una a una. Aún no se sentía con fuerzas para levantar su horrible cuerpo, no se sentía ni siquiera capaz. Se sentía como un niño, aprendiendo a caminar desde cero. Probó a levantar su pesaso abdomen un par de veces… y su cuerpo respondió solo.

“Esto no parece tan dificil…”

Probó a corretear de un lado al otro, sin rumbo definido, mientras iba afianzando cada vez más sus habilidades motoras sobre aquellas patas segmentadas. Finalmente acabó casi incluso disfrutándolo. Si tuviera una boca capaz de hacerlo, Ramón hubiera sonreído.

Por primera vez se fijó en lo que le rodeaba: enormes plantas de un intenso color verde oscuro se levantaban hacia el cielo surgiendo de una tierra agrietada y yerma qu se desquebrajaba jabo el peso ínfimo de sus patas; un sol descarnado que quemaba todo lo que tocaba brillando en el cielo; a algo de distancia, lo que parecía el inicio de una enorme superficie densa y peluda, como la manta de un gigante.

—Oh, sí, Olia.

Una voz atronó a lo lejos, sobre aquella manta peluda. Ramón, curioso, correteó hacia allí, asomándose entre la vegetación.

“¡Coño!”

Ramón hizo el gesto de abrir la boca, aunque su boca actual no lo permitía. Sobre la manta una imponente mujer de proporciones generosas y músculos más generosos aún se estremecía de placer. Estaba de rodillas, y debaja que otra mujer de rasgos extraños y piel verdosa el quitase una a una todas las piezas de una tremenda armadura llena de arañazos y golpes, dejando al aire una piel áspera, curtida por el sol y las cicatrices. Con cada pieza que quitaba, la delicada mujer de la piel verdosa besaba cada centímetro de la piel que había bajo ella.

Ramón se hubiera empalmado al instante si su cuerpo hubiera podido hacerlo.

“El más allá no es tan malo como lo pintan, ¡no señor! No es que ese cuerpo sea un regalo para los sentidos, pero joder, una mujer es una mujer. Sea como sea. Me voy a quedar un rato disfrutando del espectáculo, a ver si hay suerte y ese bicho raro se quita también la túnica…”

No tuvo que esperar mucho. Cuando cayó la última pieza de la armadura la mujer de piel verdosa abrió el broche que aprisionaba sus ropajes. La túnica blanca que crubría sus curvas resbaló como una pluma por sus cadereas, mostrando un cuerpo delgado y delicado. El cuerpo quitinoso de Ramón se estremeció de gusto.

“¡Ooooh, si, si…”

La mujer gruesa se sentó sobre la manta, y poco a poco la delgada mujer verdosa se fue encaramando sobre ella. Ramón se preguntó durante un segundo qué demonios sería aquella criatura. Repasó mentalmente los pocos cuentos que había escuchado alguna vez de labios de su mujer. Le sonaba que alguna criatura como las dríadas tenía la piel de ese color. O eran ninfas, o… ¡qué mas daba! Estaba buenísiima, fuera lo que fuese. Ramón se lo estaba pasando en grande.

—Ven aquí, preciosa. Ven más cerca de mí…

Las dos mujeres empezaron a jadear, a besarse con más fuerza, a frotar sus cuerpos, a moverse rítmicanente. Cada vez más rápido, cada vez con más intensidad. El calor se fue incrementando por momentos.

“¡Hostia puta!” jadeó la cucuaracha Ramón. “Tengo que acercarme más. Un poco más.”

Caminó por la manta peluda, acercándose todo lo pudo a los dos cuerpos sudorosos.

“Un poco más…”

De repente los jadeos cesaron de golpe.

—¿Pero qué ven mis ojos?

Ramón tardó en darse cuenta de que algo había cambiado. Notó una súbita sombra sobre el, cubriendo el intenso sol. Era la mujerona de los músculos, que se había erguido de golpe, aún con la delicada mujer de piel verde sobre sus piernas. Miraba al insecto que era ahora Ramón con una intensa mirada y una snrisa torva en la boca.

Ramón intentó alejarse, pero no pudo escapar del influjo de aquella mirada. La mujer de piel verde se inclinó levemente.

—Eso no es lo que parece ser, Kitara, querida.

—Eso me suponía, Olia —respondió la musculada guerrera, acercándose un poco más a la cucaracha.

La excitación de Ramón se desvaneció de golpe. Todo se borró a su alrededor, tan solo quedó esa mirada. Esa mirada… Había visto antes una mirada como aquella: la tenía el único hombre al que había tenido miedo. Jamás podría olvidarla, jamás…

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