Reto 33/52 – Karma (parte 5)

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Ese hombre fue el profesor de Ramón cuando tenía nueve años. Se llamaba Raimundo, y fue, de largo, el profesor que más odió en Su vida estudiantil. No solo le odió: le temió, más que a nada en el mundo. Fueron muchos los años en los que tuvo que sufrir su presencia diaria, sus “juegos”. Demasiados. Hasta que el mismo Ramón puso fin a la particular tortura a la que le sometía.

Porque si, Raimundo fue la primera víctima de Ramón.

Se estremecía ahora bajo el peso de los ojos casi negros de la mujerona desnuda de la misma forma que el pequeño Ramón de nueve años se estremecía bajo el peso de los ojos casi negros de su profesor cada mañana.

—Ramón, Ramón, Ramón —empezaba a canturrear siempre que lo veía al final del pasillo, acercándose a él con pasos rápidos y una sonrisa leve en la comisura de los labios.

Cuando el pequeño Ramón lo veía aparecer al final del pasillo se ponía a temblar de miedo.

La cucaracha intentó mover cualquiera de las muchas extremidades de su nuevo cuerpo sin éxito, mientras veía como la guerrera iba acercando una gigantesca mano hacia ella, como a cámara lenta. Lo mismo pasaba cuando escuchaba aquella cancioncilla malsana de su profesor, aquellas notas sin ritmo que se le metían en la cabeza hasta lo más profundo, bloqueándolo.

Ramón nunca supo por qué Raimundo le había escogido para sus “juegos”. Tan sólo supo que le sonrió de aquella forma desde el primer momento que le vió.

Al principio malinterpretó aquella sonrisa; se acercó a él de forma inocente, confundiendo su cariño y sus atenciones con algo sincero. Pero pronto todo cambió. pronto se dió cuenta de que aquel hombre le estaba tendiendo una trampa terrible. Pocos meses pasaron hasta que Raimundo le empezó a pedir que se quedara después de clase para “ayudarle con sus estudios”. Él aceptó sin sospechar nada. Y allí empezó la tortura.

Allí Ramón conoció el dolor y la humillación. El mismo dolor y la humillación que él se esforzó en devolver al resto del mundo, empezando por cualquiera que se atreviera a contrariarlo y acabando con su mujer y su hijo.

—Ramón, Ramón, Ramón —canturreaba Raiumundo tras usarlo de las formas más abyectas que se le podian ocurrir—. Recuerda que no debes decir nada de nuestros juegos a nadie. Ni a tu padre, ni a tu madre. A nadie. Piensa lo que te dirían si sabes lo que haces conmigo, lo que me haces, lo que te hago. No, no, no, es nuestro secreto…

Esos dolorosos encuentros pronto se empezaron a producir también por la mañana. Y entre clases, y en el recreo, y… A medida que pasaban los años, Raimundo se iba volviendo más insaciable: sus ojos se volvieron más oscuros, sus manos más avariciosas y dañinas, su hambre más intensa.

Fue al cuarto año cuando Ramón dijo basta. Por fin se atrevió a enfrentarse al monstruo.

Durante uno de los juegos en los que Ramón cerraba los ojos y apretaba los dientes gimiendo de dolor —de forma similar a la que Raimundo cerraba los ojos y apretaba los dientes, pero gimiendo de forma diferente—, sacó fuerzas de la ira que año a año había ido creciendo en su interior y, soltando un alarido, se volvió y sacó de la manga de su jersey el cuchillo que había robado de su casa aquella mañana. Pilló a su profesor desprevenido, indefenso con los pantalones enredados a la altura de las rodillas.

Le apuñaló. Una y otra vez. Con saña, con furia, paladeando cada embestida. Y los jadeos cambiaron de sentido: Los de Raimundo fueron ahora jadeos de terror, los de Ramón de placer. Luego llegaron los gritos.

Para cuando llegaron los profesores al oscuro cuarto de mantenimiento Raimundo ya había muerto desangrado. Ramón, que había huído de allí, escondió el cuchillo y se escondió durante horas, sintiéndose a la vez aterrado y exultante. Cuando por fin recuperó el resuello, Ramón descrubrió que era libre. También descubrió que había disfrutado asesinando al monstruo.

Ramón había cambiado. Para siempre.

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